Reflexión

Dejarse querer: efectos y consecuencias

Dejarse querer tiene consecuencias en la persona amada y son las siguientes: sentido de pertenencia, luz, purificación y creatividad. Lo iré desarrollando.

Sentido de pertenencia

Yo, cuando oía o leía que Dios no nos quiere a todos por igual, una voz dentro de mí se rebelaba, porque no lo entendía. A lo mejor no me lo sabían explicar. Se ha dicho que Dios quiere más a los que corresponden a sus gracias. Es la explicación teológica. Pero a mí me gusta explicarlo de forma más sencilla: la mayor correspondencia a la gracia de Dios es dejarse querer por Él. En definitiva, es lo mismo: dejar que el Espíritu Santo esculpa el rostro de Cristo en el alma. O, dicho de otro modo: dejarse apoderar por el amor de Dios. Dejarse poseer por su amor. Dejarse querer por Dios es pertenecerle, ser exclusivamente de Él. ¿No es eso el amor humano también? Es el sentido de pertenencia. Quien se sabe amado sabe que pertenece al amante. Se deja poseer. Deja que él haga lo que quiera con su persona. Pero en este proceso, el sujeto amado no pierde su personalidad. El yo no desaparece, como pasa en las filosofías o religiones orientales o en la New Age, en las que el yo desaparece en una especie de disolución holística. Desaparece en la armonía del universo. En el amor auténtico, el yo permanece íntegro solo que ahora vive en otro cuerpo, en otra alma, en otra mente.

Lo expresa muy bien Pedro Salinas en su poema:

“Qué alegría vivir/ sintiéndose vivido/. Rendirse/ a la gran certidumbre, oscuramente/, de que otro ser, fuera de mí, muy lejos/, me está viviendo/. Que cuando los espejos, los espías/, azogues, almas cortas, aseguran/ que estoy aquí, yo inmóvil/, con los ojos cerrados y los labios/, negándome al amor/ de la luz, de la flor y de los nombres/, la verdad trasvisible es que camino/ sin mis pasos, con otros/, allá lejos, y allí/ estoy besando flores, luces, hablo/. Que hay otro ser por el que miro el mundo/ porque me está queriendo con sus ojos…”

El amor humano es como lo describe Pedro Salinas, pero es que el amor de Dios también es así: el yo no desaparece. Es el mismo yo, pero iluminado por el amor que recibe. Los teólogos dicen que la gracia no destruye la naturaleza, sino que la perfecciona. A mí me gusta decirlo de otro modo.

 Dios ama al que se da con alegría

Se han dicho del amor muchas cosas, pero yo nunca he leído, o no lo recuerdo, que el amor es fundamentalmente luz. El sujeto amado es iluminado por el amante, por el amor que recibe. De este modo, aparecen aspectos positivos del amado que, a lo mejor, estaban escondidos, en la oscuridad. Quien se sabe amado no solamente es feliz, sino que desarrolla cualidades, potencia las que tiene y, en definitiva, se produce un salto cualitativo en su personalidad. Es un enriquecimiento que aflora y da color y vida al mundo circundante. El que se sabe amado contempla un mundo iluminado que a su vez le ilumina a él. No hay sombras ni oscuridades. El amor es sobre todo un foco de luz que ilumina hasta las estancias más oscuras.

Exactamente lo mismo pasa con el amor de Dios. Aparecen en la persona que se sabe amada por Dios aspectos positivos, que incluso ella misma desconocía, como la generosidad, la alegría, la ternura, la delicadeza, la audacia, la fortaleza, la creatividad y un cúmulo de resortes que eliminan todos los obstáculos. Ya no hay obstáculos (los obstáculos los creamos nosotros), porque el amor de Dios los derriba todos. Por eso, a mí no me gusta hablar de sacrificio, porque es tanto lo que se recibe, que hablar de sacrificio o de lucha opaca y disminuye mucho todo lo que el amor de Dios nos concede. El amor de Dios brilla demasiado para que lo opaquemos con sacrificios. Realmente, ¿es tanto el sacrificio para tanto amor de Dios?  Pero los seres humanos, tan diminutos, magnificamos el sacrificio y opacamos el amor de Dios.  El sacrificio a veces nos impide ver el amor de Dios. Nos centra en nosotros mismos, y nos impide levantar los ojos al Cielo, como a la jorobada del Evangelio. Llevamos un saco lleno de sacrificios que nos encorva, nos hace mirarnos a nosotros mismos y nos olvidamos que el mejor sacrificio es dejarse querer por Dios, saborear, experimentar su amor. Como siempre, el árbol no nos deja ver el bosque. “Gustad y ved qué bueno es el Señor, dichoso el que en él se refugia”, reza el Salmo 34. Cuando uno se deja querer por Dios no hay sacrificio que valga.

La palabra sacrificio en sus orígenes significaba una ofrenda hecha a los dioses. De hecho “sacrificio” tiene su origen en “sagrado”. Pero el lenguaje evoluciona, no sólo fonética, sino semánticamente. Las palabras evolucionan y su significado también. El significado de sacrificio ha evolucionado y ahora tiene connotaciones, desde mi punto de vista, negativas, como pueden ser esfuerzo, renuncia (a mí no me gusta hablar de renuncia, sino de elección), sufrimiento. El amor de Dios es luz, es una fuerza arrolladora, un huracán, un volcán que emana todo tipo de piedras preciosas y suprime todos los obstáculos que nos impiden ser mejores, que nos impiden el crecimiento interior y personal. Por eso quien se sabe amado por Dios no se sacrifica, para quien se sabe amado no existe el sacrificio, porque sabe que no le está haciendo ningún favor a Dios y porque lo hace con gusto y alegría: “Dios ama al que da con alegría” (2 Corintios, 9:7).

El amor es fundamento

La montaña hay que subirla sí o sí, pero no es lo mismo subirla con un chute de energía, como es el amor de Dios, que subirla en ayunas o sólo con argumentos sólidos, como a veces se ha pretendido. Con sólidos argumentos no se sube la montaña y si se sube, la cuesta se hace muy árida y se corre el riesgo de quedarse a mitad de camino, por muy determinada que sea la determinación (palabras de Santa Teresa llenas de amor de Dios que han ayudado muchísimo). Los argumentos sólidos no son fundamento. No son la roca firme de la que habla la parábola del hombre prudente. La roca firme, el fundamento, sobre el que se construye la casa es el amor de Dios. Sin amor no se persevera ni en el amor humano ni en el amor a Dios. Si el fundamento sobre el que construimos nuestras relaciones, ya sean interpersonales o con Dios, es el amor, ya pueden venir huracanes y riadas, que vienen, que se persevera en la promesa inicial. Si la relación con Dios o con las personas se fundamenta en las pasiones, en motivos humanos o en cosas inconsistentes, el edificio se derrumba cuando llega el temporal.

El amor es catarsis

Dejarse querer ya sea por Dios o por los demás es purificador, catártico. El amor de Dios purifica y el amor humano, si es auténtico, también. Purifican porque eliminan toda la escoria, todos esos elementos espurios, todo lo que pueda haber de egoísmo, de pasión, de soberbia, de intereses ocultos.

Hay una idea muy extendida, que repite mucha gente teóricamente bien formada, y es la de que el sufrimiento purifica. No, el sufrimiento no purifica. Lo que purifica es el amor. Lo expresa muy bien Fernando Ocáriz en A la luz del Evangelio (p.265): “¿Pero al Señor le consuela nuestro sufrimiento? No. Lo que le consuela es nuestro amor, nuestra compasión”. Se puede sufrir mucho y no purificar nada, si no hay amor. Como decía San Pablo: “sin caridad, eres címbalo que retiñe” (Corintios, 13:1). A María Magdalena se le perdonaron sus muchos pecados porque había amado mucho. No porque había sufrido mucho. “A quien mucho se le perdona, mucho ama”( San Lucas, 7:47). El sufrimiento purifica solamente si lleva a crecer en amor de Dios, si es cauce de este amor. Pero no lo es necesariamente. Lo que purifica son los sacramentos, fundamentalmente el de la Eucaristía y el de la Reconciliación, porque ahí se recibe el amor de Dios sin filtros. Purifica pedir perdón y perdonar, porque sin amor no se puede perdonar o pedir perdón. Purifica la oración. Purifica esa viejecita que reza por sus nietos en un rincón de una iglesia oscura y solitaria. Purifican las obras de misericordia: “Porque tuve hambre y me disteis de comer…” (San Mateo, 25, 35-40). Hay muchos cauces por los que discurre el amor de Dios. Uno puede ser el sufrimiento. Pero ni es el único ni el más importante.

El arte de dejarse amar

Quería acabar estas disquisiciones como las he empezado, diciendo que dejarse querer es un arte. Y como todo arte es un acto de creación. Quien se sabe amado, quien se deja querer, ya sea por Dios o por los demás, es, fundamentalmente, feliz. Y la felicidad, como han demostrado los neurocientíficos con resonancias magnéticas, fortalece la corteza cerebral y favorece los procesos de neurogénesis, el nacimiento de nuevas neuronas. La persona que se sabe amada es creativa: tiene ideas, iniciativas, curiosidad por aprender. En definitiva, quien se deja querer desarrolla la inteligencia creativa por la sencilla razón de que es feliz. Y la felicidad, aunque los ateos del siglo XXI la oponen a la inteligencia (esto está muy en consonancia con el rechazo del amor de Dios), desarrolla la inteligencia, la estimula, la lleva a descubrir nuevos horizontes, nuevas perspectivas.

El amor de Dios es caleidoscópico. Se puede mirar desde muchos ángulos y siempre es un estallido de color y de luz. Yo he elegido el punto de vista de ese dejarse querer, lleno muchas veces de sinsabores, pero que colma total y paradójicamente. No sé si mis disquisiciones habrán sido útiles, ma come dicono gli italiani: si non è vero, è ben trovato.

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