Liturgia

Quinto domingo de cuaresma (ciclo B)

El poder de atracción de Jesús es incuestionable. Su mensaje y los prodigios que ha realizado en escasos tres años causan tal fascinación que allí donde va le siguen no solo los discípulos que él ha elegido, sino también muchos otros, mujeres, hombres, niños, una gran muchedumbre. Los maestros de la ley y las autoridades judías le salen una y otra vez al encuentro sin dejar de preguntarse por el origen de su autoridad.

Hoy son unos griegos los que se encuentran en Jerusalén con motivo de la celebración de la fiesta de la Pascua quienes quieren ver a Jesús, y hablar con él, y quizás, también pedirle algún favor o milagro. Y el Señor les regala una enseñanza preciosa, inesperada… les da a conocer cuál es su verdadero poder de atracción: el amor.

Ya se acerca de modo inexorable la hora de la muerte de Jesús, y su corazón está agitado, pero él sabe que será desde lo alto del madero, donde dará su vida en redención por todos, y atraerá a cada persona hacia él, hasta el fin de los tiempos. En efecto, la cruz será el trono desde el que Jesucristo reinará, entregando su vida por amor. Y para que no haya duda, una voz desde el cielo, la de Dios Padre, testifica a su favor diciendo “lo he glorificado y volveré a glorificarlo”.

Lo más atractivo de Jesús es su donación total en la cruz. Su muerte es fuente de vida. Por eso, todo el que cree en él recibe una semilla de una vida nueva, llamada a crecer en este mundo y a vivir eternamente. El cristiano, portador de esa nueva vida, está llamado también a darla por amor. Por eso su distintivo es la señal de la cruz.

Es difícil resistirse a la mirada de amor de Cristo en la cruz. Quizás un buen modo de vivir esta última semana de cuaresma será mirarlo con frecuencia, no apartar la vista del crucificado, sentirse acogido en sus brazos abiertos y dejar que su verdadero poder de atracción cale en el propio corazón.

Comentarios del evangelio: evangeli.net; opusdei.org; Biblia de Navarra

Otros recursos: varias homilías