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¿Por qué las virtudes? (Reseña)

JUAN JOSÉ PÉREZ-SOBA, ¿Por qué las virtudes? Didaskalos, Madrid, 2023, 242 pág.

 El interés y aceptación de la ética centrada en las virtudes –la llamada “ética de la virtud”– ha ido en aumento en las últimas décadas. Ha sido, sobre todo, por influencia de la obra del filósofo escocés-norteamericano Aldair MacIntyre, Tras la virtud, con varias ediciones en diversos idiomas desde su primera publicación en 1981. Desde entonces se han sucedido desarrollos teóricos y aplicaciones de la ética de la virtud en diversos campos profesionales como la bioética y la ética empresarial, en contraste con otra perspectiva enfocada en los deberes, que reduce la ética a deontología.

El auge del enfoque en las virtudes ha hecho proliferar diversas propuestas con diversas interpretaciones de lo que se entiende por virtud. Muchos sostienen una visión neo-aristotélica relacionando las virtudes con el logro de la plenitud humana y feliz, lo que los griegos denominaban “eudaimonia”. Otros adoptan un sentido estoico de la virtud como refuerzo de la voluntad para cumplir las exigencias de la recta razón, esto es, como dominio de sí mismo. No faltan neo-platónicos que reducen la virtud al conocimiento moral, ni tampoco quienes toman como referencia para determinar qué es virtud aquello que es admirado en cada contexto cultural. Para unos pocos la virtud puede todavía significar “corrección exterior”, quizá como resquicios de la ética victoriana del siglo XIX.

Ante este panorama, el profesor Juan José Pérez-Soba hace su aportación a la ética de la virtud, enlazando como aportaciones suyas anteriores relacionadas con la teología moral y con ética personalista. De modo muy directo conecta con la “ética de primera persona” en la que el juicio personal es crucial; un enfoque que difiere de la llamada “ética de tercera persona” basada en principios abstractos evaluativos de la moralidad que aplicarían personas expertas que proporcionarían normas para evaluar si una acción es o no éticamente aceptable.

Pérez-Soba, empieza para la fundamentación de las virtudes, y sin dar por sentado que todo el mundo entiende que la ética está regida por virtudes. Parte de la experiencia de moralidad propia del ser humano y de “la verdadera búsqueda de una razón que explique adecuadamente la experiencia moral que todos experimentamos como una llamada interior.” (p. 10) Defiende la virtud en el sentido original que tenía en los griegos, como “fuerza interior capaz de lo mejor” (p. 12).

En el desarrollo de la obra, el autor empieza por analizar la virtud como disposición excelente (Cap. I) y, desde esta perspectiva dialoga con otras propuestas de virtud. Continúa describiendo las distintas tradiciones sobre las virtudes (Cap. II). Presta especial atención a las virtudes en Platón y Aristóteles y en los estoicos, para pasar después a las virtudes en el cristianismo con particular atención al desarrollo de santo Tomás de Aquino. Concluye el recorrido por las distintas tradiciones explicando cómo tuvo lugar la erosión de la virtud y la entrada de un nuevo estoicismo.

A partir de aquí se inicia una parte más sistemática, empezando por explicar el papel de la racionalidad práctica (Cap. III) que incluye intencionalidad y amor al bien: “‘una razón del bien’ en el que se reconoce la totalidad del hombre, un verdadero ‘bien de la persona’” (p. 131). En el capítulo siguiente se ocupa de la adquisición de virtudes (Cap. IV). Explica que las virtudes humanas no son simples rutinas o costumbres, sino que se adquieren como ejercicio de la libertad buscando actuar bien. Analiza a continuación el dinamismo de las virtudes cristianas (Cap. V) que incluyen las virtudes humanas, pero, sobre todo, las teologales que son infundidas por Dios y entrañan, por tanto, un don divino. Inmediatamente considera la sistematización y unidad de las virtudes bajo la guía de la prudencia, así como el crecimiento en las virtudes (Cap. VI). El último capítulo, con el título “La virtud, la amistad y el don de sí mismo” (Cap. VII), Pérez Soba recuerda, con Aristóteles, que la amistad, más que una virtud, es el ámbito natural en el cual se desarrolla la virtud (p. 216) y, es precisamente en el ámbito de la amistad, donde la virtud se desarrolla. La amistad no sólo exige dar sino darse a sí mismo.

La perspectiva cristiana está presente en toda la obra. Desde esta perspectiva se subraya la presencia de caridad (amor de Dios) en todas las virtudes.  Y, en el contexto de la amistad y de la propia donación, se afirma: “La exigencia propia del amor incondicional a Cristo como máxima amistad nos muestra la verdad del ‘don de sí’ como el que ha de sostener el crecimiento moral de la persona.” (p. 230).

En este libro sobre las virtudes se encuentra lo que falta en otras obras sobre las virtudes, que a veces hablan de ellas sin referencia a su razón de ser para el crecimiento humano, o se limitan a hablar de la virtud desde un plano estrictamente natural, olvidado la vida plena en Cristo a la que somos llamados. Esto último requiere la ayuda de la gracia divina, la cual no destruye las virtudes humanas, sino que las presupone y las eleva a un nivel superior, sobrenatural.