Liturgia

Cuarto domingo de cuaresma (Ciclo B)

El evangelio de hoy recoge un fragmento de un diálogo largo y profundo entre Jesús y Nicodemo, fariseo y maestro principal entre los judíos, que sale al encuentro de Jesús, de noche, intrigado por los milagros que le han hecho famoso. Hablan de la fe en Dios, que da luz y sentido a la propia vida, una luz que se hace visible porque se manifiesta en obras buenas, agradables a Dios.

La fe nace del encuentro personal con Jesús, el Hijo de Dios que ha venido al mundo para dar su amor infinito a los hombres y mujeres, y ofrecerse hasta la muerte, regalándonos de esta forma una vida perdurable. Este amor que Dios revela a través de su Hijo debería ser el faro que guía la conducta personal: cuando estamos seguros del amor de Dios y buscamos amarle en nuestro día a día, la vida se llena de luz.

Esto es lo que experimentó Nicodemo. Su conversación con Jesús le iluminó de tal modo que más adelante le llevó a defenderlo ante los miembros del Sanedrín y al llegar la hora de la muerte de Jesús, elevado en la cruz, Nicodemo colabora generosamente con cien libras de perfume y ayuda a José de Arimatea a amortajar el cuerpo muerto del Señor y depositarlo en el sepulcro.

“La fe cristiana es fe en la encarnación del Verbo y en su resurrección en la carne; es fe en un Dios que se ha hecho tan cercano, que ha entrado en nuestra historia. La fe en el Hijo de Dios hecho hombre en Jesús de Nazaret no nos separa de la realidad, sino que nos permite captar su significado profundo, descubrir cuánto ama Dios a este mundo y cómo lo orienta incesantemente hacía sí; y esto lleva al cristiano a comprometerse, a vivir con mayor intensidad todavía el camino sobre la tierra (Francisco, Lumen fidei n. 18).

Comentarios del evangelio: evangeli.net; opusdei.org; Biblia de Navarra

Otros recursos: varias homilías