Trump decía ayer que él no es un gran “fan” del Papa, que el Papa es “débil” (weak), que es “terrible” en política exterior, y que, además, está en contra del control de la delincuencia y a favor de la extrema izquierda.
Todo esto son tonterías, claro. Trump ya empieza a tenernos acostumbrados a tonterías que son claramente falsas. Decir que el Papa quiere que Irán tenga armas nucleares o que los delincuentes campen por sus respetos etc. es claramente falso y es una tontería. Únicamente quería ser una respuesta a lo que había dicho el Papa.
A mí me ha recordado la anécdota (posiblemente apócrifa, pero quizás no) de lo que dijo Stalin, posiblemente en Postdam, cuando Churchill dijo que una determinada propuesta en relación con Polonia no le gustaría al Papa. Parecería que Stalin respondió “¿Cuántas divisiones acorazadas tiene el Papa?” También me ha recordado lo que Trump le dijo a Zelenski: “eso no puedes pedirlo, porque no tienes las cartas para hacerlo”.
El Papa, en su alocución Urbi et Orbi de Pascua, había dicho que:
“Nos estamos acostumbrando a la violencia, nos resignamos a ella y nos volvemos indiferentes. Indiferentes a la muerte de miles de personas. Indiferentes a las consecuencias de odio y división que siembran los conflictos. Indiferentes a las repercusiones económicas y sociales que producen, y que todos sufrimos”. “En esta fiesta, abandonemos todo deseo de contienda, dominación y poder, e imploremos al Señor que conceda su paz en un mundo asolado por la guerra y marcado por el odio y la indiferencia que nos hacen sentir impotentes ante el mal”.
Trump había dicho unos días antes que él “no necesita derecho internacional, ni necesita ninguna ética, porque él ya sabe lo que hay que hacer”.
Unos días más tarde, el Papa dijo que:
“Hay que pedir a las personas de buena voluntad que vivan siempre la paz y no la violencia, que rechacen la guerra, especialmente una guerra que muchos consideran injusta que sigue escalando y no arregla nada. De hecho, tenemos una crisis económica mundial, una crisis energética, una situación de gran inestabilidad en Oriente Medio, que sólo provoca más odio en el mundo. Volvamos a la mesa, hablemos, y busquemos soluciones de forma pacífica y pensemos, sobre todo, en los niños, los viejos, los enfermos y tanta gente que han sido o serán víctimas del conflicto, para recordar los ataques a las infraestructuras, ataques que van contra el derecho internacional, pero también son señal de odio y división. La gente quiere la paz, y les pido que se pongan en contacto con las personas que tienen el poder en su casa para pedir paz y diálogo”.
Tras las afirmaciones de Trump, el Papa ha afirmado que no tiene ninguna intención de entrar en debate con el actual inquilino de la Casa Blanca. Hace bien. En cambio, es lógico que el Papa quiera recordar la doctrina evangélica al respecto.
“Creo que quienes me han leído pueden sacar sus propias conclusiones: no soy un político. No tengo intención de debatir con él. Más bien, buscamos siempre la paz y detenemos las guerras”, ha dicho el pontífice (de nacionalidad estadounidense, por cierto, nacido en Chicago).
El pontífice ha recordado que la doctrina católica y el Evangelio llevan a los cristianos a posicionarse contra los conflictos armados, y ha insistido en que no quiere iniciar ningún debate con Trump. “El mensaje de la Iglesia es el mensaje del Evangelio: ‘bienaventurados los pacificadores’. No me considero político y no quiero debatir con él. Hay demasiadas personas que sufren en el mundo”, ha concluido.
Como he dicho, creo que el Papa hace muy bien en decir que no quiere entrar en un debate con Trump. No vale la pena. Él siempre creerá que ha ganado el debate, sea verdad o no. Lo hace siempre.
Pero sí querría añadir un comentario al respecto. Lo que dicen uno y otro responde a concepciones distintas del mundo y de las relaciones entre personas. Trump sólo tiene una concepción: la relacionada con la fuerza. Él cree que tiene mucha fuerza y que, por tanto, puede imponer lo que a él le parezca (1). Lo primero que hizo al llegar a la presidencia esta vez fue la famosa sesión de los aranceles. Los aranceles, como cualquier estudiante de economía elemental sabe, sirven para intentar proteger a la industria doméstica de importaciones demasiado baratas por alguna razón. Él quiso utilizarlos no con esta finalidad, sino con el fin de “castigar” a aquel país que no hiciera lo que él le quería imponer; lo que viene a ser cómo cortar una comida sólida con una cuchara. O peor, porque los aranceles los paga el consumidor norteamericano. Quizás en algún caso pueda salir bien, pero, en general, no. Ya se vio que tuvo que rectificar varias veces (y sospecho que no ha terminado), y que, por tanto, el supuesto “castigo” no funciona muy bien. Su fuerza es menor que la que él piensa, y la fuerza como arma es mucho menos eficaz que lo que él piensa.
(1) Si hubiera leído La República de Platón, cosa que no creo porque todos los que le conocen dicen que nunca lee nada, en el primer libro ya hubiera sabido por qué esto no lleva a ningún sitio.