REVISAR
Este capítulo III básicamente afronta aspectos antropológicos y éticos que plantea la IA, ya presente en la vida cotidiana. Siguiendo la estela del Papa Francisco, se denuncia el paradigma tecnocrático, que absolutiza la eficiencia, el control y el lucro, reduciendo a la persona a un simple engranaje. Este paradigma se ve reforzado por la IA y se agrava por la concentración de poder en grandes actores tecnológicos, lo que genera dependencia, desigualdad y control opaco.
Aunque la IA ofrece grandes oportunidades, no es equivalente a la inteligencia humana: carece de conciencia, experiencia y responsabilidad moral, por lo que debe permanecer subordinada al juicio humano. Su uso plantea riesgos como la delegación excesiva, la falsa objetividad, la simulación de relaciones y el impacto ambiental.
El texto subraya que la IA no es neutral: incorpora valores y decisiones que pueden reforzar exclusión y desigualdades. Por ello, exige responsabilidad, transparencia, regulación y participación democrática. Se propone “desarmar la IA”, es decir, liberarla de lógicas de competencia y dominio, poniéndola al servicio del bien común.
El mayor riesgo no es solo técnico, sino antropológico: una visión que reduzca al ser humano a eficiencia y rendimiento. Frente a ello, se reivindica la centralidad de la relación, el cuidado y el límite, elementos esenciales de la verdadera humanidad.
Finalmente, se rechazan el transhumanismo, que pretenden “superar” al ser humano, afirmando que la plenitud humana no proviene de la tecnología, sino de la relación, el amor y la apertura a Dios. El verdadero progreso será aquel que haga la vida “más humana”. También se ve inaceptable el posthumanismo, que en su versión más radical cuestiona la centralidad del ser humano, planteando una fusión entre lo humano, la máquina y el entorno, con la expectativa de dar paso a una nueva etapa evolutiva más allá de la humanidad actual.