Ya ha pasado el esperado eclipse total de Sol del 12 de agosto. Muchos han compartido sus impresiones y emociones tras haber sido testigos de un fenómeno tan singular. Algunos destacan la satisfacción de haber contemplado directamente un acontecimiento extraordinario; otros recuerdan la emoción de ver al astro rey privado por unos instantes de su acostumbrado esplendor. No faltan quienes subrayan la belleza del espectáculo, el asombro compartido con miles de personas o el singular sentimiento de unidad que nace cuando multitudes enteras levantan la vista hacia el mismo cielo y contemplan la misma realidad.
Para vivir esta experiencia, muchos dedicaron tiempo, esfuerzos y recursos económicos considerables. Algunos viajaron largas distancias para situarse en el mejor lugar de observación. Hubo desplazamientos incómodos, cambios de planes de última hora, largas esperas y aglomeraciones importantes, llegando incluso a producirse un verdadero colapso en algunas infraestructuras de transporte. Para unos, todo ello habrá valido plenamente la pena; para otros, quizá no tanto.
He escuchado a personas que, más allá del efecto visual y del contexto humano del acontecimiento, se han sentido impresionadas por algo diferente: el movimiento matemático de los astros. Les ha maravillado que un fenómeno de semejante magnitud pueda ser calculado con precisión por los científicos décadas e incluso siglos antes de que ocurra. Han descubierto, detrás del eclipse, la existencia de un orden objetivo, una armonía inscrita en la naturaleza. Han percibido, aunque quizá sin nombrarlo explícitamente, aquello que tanto fascinó a los antiguos griegos: el cosmos.
Hoy utilizamos con frecuencia la palabra cosmos como sinónimo de universo. Sin embargo, entre los sabios de la antigua Grecia, kósmos (κόσμος) no significaba originalmente «universo», sino orden, buen orden, armonía o disposición adecuada. También podía designar el adorno o la ornamentación, porque algo bien adornado era algo adecuadamente ordenado. Con el tiempo, especialmente a partir de los pitagóricos, la palabra pasó a aplicarse al conjunto del universo, entendido precisamente como una realidad ordenada y armoniosa. El cosmos era el mundo contemplado como una totalidad inteligible, en contraste con el caos, que representa el desorden.
Quienes durante el eclipse han sabido descubrir el cosmos han contemplado algo más profundo que un simple espectáculo visual. Han percibido una verdad que lleva consigo belleza y que suscita admiración. Y la admiración, como enseñaban los filósofos clásicos, es el comienzo de la sabiduría. El asombro ante la armonía de lo real puede conducir más lejos que la mera experiencia sensorial. Puede elevar la inteligencia por encima de lo inmediatamente visible y suscitar preguntas sobre el fundamento último de ese orden. Puede llevar a levantar la mirada y a «ver» una realidad que otros, teniendo los mismos ojos, no llegan a contemplar.
Pero me temo que no siempre sucede así.
Hace muchos siglos, Dios habló al profeta Ezequiel acerca de su pueblo: «Habitas en medio de un pueblo rebelde; tienen ojos para ver y no ven; tienen oídos para oír y no oyen» (Ez 12,2). También esta advertencia podría aplicarse, en cierto modo, a quienes contemplan el eclipse sin dejarse interpelar por lo que revela.
El libro de la Sabiduría formula una observación semejante. Refiriéndose a quienes admiran las fuerzas y bellezas de la naturaleza, afirma: «Si, fascinados por su hermosura, los tuvieron por dioses, sepan cuánto mejor es su Señor, pues fue el autor de la belleza quien los creó» (Sb 13,3). Y más adelante añade: «Pues de la grandeza y hermosura de las criaturas, por analogía, se contempla a su Autor» (Sb 13,5).
San Pablo retoma la misma idea en su carta a los Romanos: «Lo invisible de Dios, su eterno poder y su divinidad, se hace visible para la inteligencia a través de sus obras desde la creación del mundo» (Rm 1,20). Según el Apóstol, la creación no es únicamente un conjunto de objetos físicos; es también un signo que remite a un significado más profundo.
El eclipse ha terminado. La sombra de la Luna ha seguido su camino y el Sol ha recuperado su brillo habitual. Sin embargo, para algunos, el acontecimiento habrá dejado una huella más duradera que el recuerdo de unas fotografías o de unos minutos de oscuridad. Habrán descubierto, aunque sea fugazmente, que vivimos en un cosmos: una realidad inteligible, regida por leyes que la razón humana puede conocer parcialmente y admirar. Y quizá, a partir de esa experiencia, se hayan atrevido a formular la pregunta decisiva: si existe tanto orden, tanta armonía y tanta belleza en el mundo, ¿qué nos dicen acerca de su origen y de su Autor?
Porque hay eclipses que se contemplan con los ojos, y otros que se comprenden con la inteligencia. Los primeros pasan. Los segundos pueden despertar la razón. Y cuando la razón se abre plenamente a la verdad, el cosmos deja de ser solamente un espectáculo admirable para convertirse en un camino que apunta hacia el Creador.