En el vestíbulo de una biblioteca universitaria Juan, profesor de teología comparada, y Tariq, estudioso del pensamiento islámico, conversan serenamente tras un seminario sobre las religiones abrahámicas.
Tariq: Juan, tras el seminario de hoy me quedé pensando en un tema fundamental. Como estudioso del islam, valoro el marco de respeto con el que analizas nuestras fuentes. Sin embargo, sé que has dedicado años a estudiar ambos textos. ¿Qué te llevó a fijar tu fe en el cristianismo en lugar de adscribirte al islam?
Juan: Te agradezco la pregunta, Tariq, y el tono con el que la formulas. Para mí, el punto de partida es siempre el respeto absoluto hacia la fe musulmana, hacia sus creyentes y hacia el profeta Muhammad, reconociendo el Corán como libro sagrado. Mi adhesión a Cristo Jesús responde a una búsqueda sincera de coherencia histórica y teológica que me gustaría compartir contigo.
Tariq: Entiendo. Desde nuestra fe, el Corán reconoce plenamente a Jesús (‘Isa) como un gran profeta y mensajero de Dios, veraz en sus revelaciones. ¿Dónde empieza para ti la divergencia?
Juan: Precisamente en el valor de sus palabras. En el Evangelio de Juan (14,6), Jesús pronuncia una frase de un peso extraordinario: «Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por mí». No dice simplemente que conoce el camino o enseña la verdad, sino que él mismo lo es.
Tariq: Un musulmán argumentaría que esas palabras pudieron ser interpretadas como una alegoría o bien sufrir modificaciones posteriores en la transmisión evangélica.
Juan: Si las analizamos desde el contexto interno de los textos, si esas palabras no fueran ciertas, solo cabrían dos opciones: o mentía deliberadamente, o sufría un trastorno que le impedía juzgar la realidad. La primera hipótesis choca con la doctrina islámica que lo considera un profeta veraz. La segunda rompe con la imagen que proyectan los Evangelios: un maestro con una lucidez ética incontestable, capaz de debatir con agudeza, adaptar sus enseñanzas en parábolas profundas y mover a sus discípulos a dar la vida por su mensaje. Si el islam lo reconoce como profeta, sus palabras sobre sí mismo exigen ser tomadas con absoluta gravedad.
Tariq: No obstante, el Corán enfatiza el Tawḥīd —la unicidad absoluta de Dios— en la sura 112: «Él es Alá, Uno… No engendra ni fue engendrado». La idea de la filiación divina parece vulnerar la trascendencia de Dios.
Juan: Comprendo esa prevención. La sura 6:101 cuestiona cómo podría Dios tener un hijo sin tener compañera. Sin embargo, el cristianismo jamás ha entendido la filiación de Cristo en un sentido biológico. Como enseña Juan (4,24), «Dios es espíritu». Cuando el Credo de Nicea habla de «engendrado, no creado», no describe un acto físico, sino una relación eterna. El Hijo comparte plenamente la naturaleza divina del Padre desde la eternidad, así como el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo como vínculo de amor.
Tariq: En la sura 4:171 se nos advierte: «No digáis: «Tres»… Alá es un Dios único».
Juan: La fe cristiana también proclama con firmeza que Dios es uno (cf. Mc 12,29). Pero comprende esa unidad no como un aislamiento solitario, sino como una comunión perfecta de tres Personas en una sola naturaleza divina. Cuando Pedro declara: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo» (Mt 16,16), Jesús confirma que esa revelación no procede de un razonamiento humano («carne y sangre»), sino del Padre.
Tariq: Pasemos a la ética práctica. ¿Qué diferencias sustanciales observas en el trato humano, por ejemplo, hacia la mujer?
Juan: Es un punto central. En una sociedad del siglo I donde la mujer tenía una posición relegada, Jesús irrumpe devolviéndole una dignidad plena:
Diálogo y discipulado: Conversa públicamente con la mujer samaritana (Jn 4) y reconoce a María de Betania como verdadera discípula sentada a sus pies (Lc 10).
Defensa frente al juicio moral: Ante la adúltera (Jn 8), detiene la lapidación recordando que nadie está libre de pecado, uniendo misericordia y llamada a la conversión. Además, equipara la exigencia moral para el varón en el sermón del monte (Mt 5,28).
Testimonio de la Resurrección: Otorga a las mujeres, encabezadas por María Magdalena, el privilegio de ser las primeras testigos de la Resurrección, aun cuando la sociedad de la época infravaloraba el testimonio femenino.
Tariq: La jurisprudencia islámica clásica regula el matrimonio y la vida social en función de su propio contexto de la revelación, permitiendo la poligamia bajo condición de equidad (sura 4:3), aunque la misma sura 4:129 advierte la dificultad de ser completamente justos.
Juan: Entiendo ese contexto jurídico. Para mí, la enseñanza de Jesús restituye el diseño originario del matrimonio basado en la indisolubilidad y la entrega mutua («Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre»), superando cualquier estructura de subordinación legal.
Tariq: Un aspecto que suele señalarse del Evangelio es su ética. ¿Cómo lo contrapondrías a la doctrina del combate (Qitāl) en el Corán?
Juan: La instrucción de Jesús en Mateo 5,44 es probablemente el rasgo más distintivo del Evangelio: «Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen». Esta exigencia se plasma en la cruz cuando pide perdón por sus ejecutores («Padre, perdónalos»). La regla de oro (Mt 7,12) y la parábola del buen samaritano redefinen al «prójimo» borrando cualquier frontera étnica o religiosa.
Tariq: En la tradición islámica existen pasajes de gran misericordia, pero también textos vinculados a la defensa comunitaria o la lucha en contextos de conflicto (como las suras 2:190 o 9:5), así como prescripciones sobre la alianza entre creyentes.
Juan: Exacto. Esos textos coránicos responden a una lógica legislativa e histórica particular. Sin embargo, en el mensaje evangélico no encuentro espacio para penas como la prescrita por la apostasía en la tradición de los hadices («Quien cambie su religión, matadlo»). Esa diferencia se debe a que Jesús desplaza el foco de las prescripciones legales e institucionales hacia la transformación del corazón. Por eso mismo, revoluciona también las normas de pureza ritual al declarar puros todos los alimentos (Mc 7,19), enseñando que lo que realmente contamina al hombre no es lo que entra por la boca, sino lo que sale del corazón.
Tariq: Llegamos al punto de divergencia teórica e histórica más complejo. La sura 4:157 sostiene expresamente sobre Jesús: «No lo mataron ni lo crucificaron, sino que les fue hecho parecer así… Dios lo elevó hacia Él».
Juan: Y ahí reside una dificultad crítica para mí. La muerte de Jesús en la cruz bajo Poncio Pilato es uno de los hechos de la antigüedad mejor atestiguados por la investigación histórica. No solo contamos con los cuatro Evangelios y las cartas de Pablo, sino con historiadores no cristianos de la época como Flavio Josefo, Tácito, Luciano de Samósata o Mara bar Serapion.
Tariq: La postura coránica sugiere que la percepción visual de los espectadores fue alterada por designio divino para proteger al profeta.
Juan: Entiendo esa interpretación teológica. Sin embargo, para la fe cristiana —y para pensadores antiguos como San Justino Mártir— la cruz no fue un accidente ni un engaño de las apariencias, sino el cumplimiento de las Escrituras y el acto Supremo de redención. Sostener una afirmación de fe que contradiga un hecho histórico ampliamente verificado genera una tensión profunda, pues la auténtica revelación divina no puede edificar sobre la negación de la realidad histórica.
Tariq: Ha sido un diálogo iluminador, Juan. Veo que tu decisión de adherirte a Cristo responde a un entramado articulado entre la coherencia textual, la vivencia ética y el rigor histórico.
Juan: Gracias a ti, Tariq. Exponer estos motivos desde el respeto mutuo es el único camino válido para buscar serenamente la verdad.
* Doctor en medicina
(Imagen generdada por IA)