Reflexión

El misterio del amor

Todo empezó con una canción de amor de Chiquetete titulada Esta cobardía. Él es el único culpable de que haya escrito este artículo. Cuando la estaba escuchando pensé: qué amor tan intenso. Y después, como un rayo: así es el amor de Dios por los hombres.

Estas cosas se sabe cómo empiezan, pero no cómo acaban. Sin quererlo, me vi metida en un lío, haciéndome preguntas que no sé si tienen respuesta. ¿Qué es el amor? ¿Existe el amor puro, virginal, incontaminado o está reservado a Dios? ¿Es el amor de Dios y el amor humano lo mismo? O mejor dicho: ¿Tiene el amor humano un origen divino? Y todo esto se convirtió en un reto, en un desafío, al que no pude sustraerme.

Vaya por delante que el amor es un misterio que nadie ha resuelto todavía. Y que hablar o escribir sobre el amor es casi tan peligroso como la aventura amorosa. Se han dicho cosas acertadas sobre el amor, pero siempre insuficiente. En este artículo me cuestiono muchas cosas porque parto de una premisa, tal vez falaz, y es que el amor o es auténtico o no es amor. Pero el primer interrogante que surge ante esta premisa es qué entiendo por amor auténtico y si los hombres tenemos capacidad para alcanzar el amor auténtico o pertenece a lo sagrado. Lo que sí es cierto es que el amor del hombre está lleno de defecciones. El amor del que es capaz el hombre es limitado, pero creo que no es óbice para su autenticidad.

Sobre el amor se han escrito ríos de tinta. Filósofos, pensadores, médicos, humanistas, poetas, escritores, Papas, artistas e incluso neurocientíficos. Todos han reflexionado sobre el amor. Se ha debatido si el amor es un sentimiento o un acto de la voluntad, si es eros o agapé, si es donación o pasión. Si el enamoramiento es o no es amor. Se ha hablado del amor platónico, romántico, del amor imposible, del amor cortés, del amor a Dios, el de amistad o el paterno-filial. Se ha distinguido entre tipos de amor. Yo creo que el amor auténtico no se puede someter a clasificaciones porque las desborda. Benedicto XVI, dice que es una misma realidad que tiene diferentes dimensiones (Deus caritas est, 3). Pero hablemos del amor, una vez más.

El amor auténtico

En primer lugar, el amor auténtico se dirige a las personas humanas y a Dios. El amor a les cosas, incluso a la Naturaleza, no lo considero amor auténtico. El amor a la profesión, a los animales, al arte, a la riqueza no es amor. Podemos decir que es atracción, interés, fascinación, preocupación, deseo, desvelo, afición, pero no amor. Porque el amor auténtico es desinteresado. No busca recompensa. Recuerdo aquel poema de autor desconocido que dice así:

No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muéveme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.

El amor auténtico es incondicional. Está siempre cuando se le necesita y en los momentos difíciles. Es fiel. No traiciona. Es transformador y redentor. Tiene poder catártico. Es capaz de perdonar y liberar de todas las culpas. Es sanador. Es ofrenda. Es generoso hasta el punto de ofrecerse él mismo para llenarse del otro. El amor auténtico crece sin medida, hasta el paroxismo, hasta dar la vida por el amado o amada. Y podríamos decir muchas cosas más del amor auténtico, pero yo me quedo con estas.

Algunos se han acercado al misterio del amor, como Benedicto XVI en su famosa encíclica Deus caritas est o Pío XII en Harietus aquas o más recientemente el Papa Francisco en Dilexit nos. Lo que yo diré aquí probablemente el lector ya lo sepa porque han hablado de ello otros. Seguramente no descubro nada, pero me gusta recordarlo. Mis reflexiones las han inspirado sobre todo Benedicto XVI, la lírica amorosa y la canción popular, como la de Chiquetete.

Naturaleza del amor

¿Qué es el amor? No lo sabemos. Si somos honesto, diremos que el amor nos supera. Es cierto que lo reconocemos cuando nos topamos con él, pero no podemos definirlo, se nos escapa. Por eso digo de ante mano que yo tampoco sé lo que es el amor. Es una fuerza, una energía cósmica, un motor que mueve el mundo y las almas. Además las palaras son pobres y toscas cuando se habla del amor. Pero a pesar de todo pienso que el amor tiene dos elementos definitorios: su origen divino y su trascendencia.

Cuando se habla del amor se está hablando de un don divino. No se puede entender el amor humano sin Dios. No se puede hablar de amor humano y divino. Es el mismo. Y es que en la ecuación del amor siempre nos dejamos un elemento, que es Dios. Y sin Dios no se puede resolver la incógnita. El amor procede de Dios, se participación de su amor. Al respecto vale la pena leer el capítulo cuarto de la primera carta de San Juan. Explica muy bien qué es el amor y como este tiene un origen divino: Explica muy bien qué es el amor y como este tiene un origen divino: “Queridísimos: amémonos unos a los otros, porque el amor procede de Dios y conoce a Dios. El que no ama no ha llegado a conocer a Dios, porque Dios es amor” (1 Jn 4, 8). Y más adelante dice: “Nosotros amamos porque él nos amó primero” (1 Jn 4, 19).

En este sentido, podemos decir que el amor es un don divino porque participamos del amor de Dios. Benedicto XVI lo repitió a su encíclica Deus caritas est. Dios es amor. Yo invierto los elementos del enunciado y diré que el amor es Dios porque cualquier manifestación del amor humano no es más que manifestación del amor de Dios depositado en nuestros corazones.

Benedicto XVI afirma también que el amor es divino. Lo dice explícitamente a su encíclica: “El amor es divino porque proviene de Dios y a Dios nos une y, mediante este proceso unificador, nos transforma en un Nosotros, que supera nuestras divisiones…” (Deus caritas est, 18).

Sí, el amor es divino. Sin Dios no se puede entender el amor. Es más, no se puede amar. El hombre, por sí mismo, no tiene capacidad de amar. La capacidad de amar del ser humano es el mismo amor de Dios. Somos tan poquita cosa que no podríamos querer a nadie si Dios no nos hubiera amado antes. Lo dice San Juan: “Dios nos amó primero”.  Y el Papa Francisco: “Dios nos primerea”. Por eso pienso que no se puede hablar de amor humano y divino como si fueran realidades distintas, porque es Dios quien ha depositado su amor en nuestros corazones para que podamos amar.

Por otro lado, el amor es trascendente. San Agustín lo define como un íntimo movimiento hacia el bien. Santo Tomás de Aquino como un acto de la voluntad. Erich Fromm lo define también como una actitud hacia el otro. Benedicto XVI como eros y agapé. Explica que en la primitiva acepción griega, el eros era considerado como un arrebato que prevalece sobre la razón, pero que puede ser rectamente ordenado, mientras que apagé es ocuparse del otro y preocuparse por el otro, al que ya no se busca para ser poseído, sino que anhela más bien el bien del amado (cf. Deus caritas est, 3-8).

El amor por su propia naturaleza es trascendente, sale de uno mismo. El amor auténtico vive olvidado de sí mismo para llenarse del otro. Esta es la recompensa del amor. Y al llenarse del otro y vaciarse de uno mismo se está produciendo la donación. En este sentido Benedicto XVI lo define muy bien: es eros y agapé. Sentimiento y ofrenda.

Creo que el amor o es auténtico o no es amor. El amor concupiscente no es amor porque está adulterado, contaminado, mezclado con elementos espurios que ni son trascendentes ni son expresión del amor de Dios.

El amor en el Romanticismo

Pienso que no se puede hablar en el siglo XXI del amor sin hacer referencia al movimiento romántico. No podemos olvidar que somos herederos del Romanticismo. El Romanticismo marcó un antes y un después tanto en arte como en filosofía. Nosotros percibimos la realidad mediatizados por el Romanticismo. Esto lo sabía Benedicto XVI. Por eso su encíclica supera la antinomia sentimiento/acto de la voluntad.

A pesar de sus muchos errores, el Romanticismo vislumbró lo que era el amor. Lo consideraba una fuerza sobrenatural, eterna, que va más allá de la muerte, que une los cuerpos y las almas. Para ellos, el amor era el valor supremo y una forma de conectar con Dios. Se dieron cuenta de que el amor humano tenía un origen divino.

El delirio de Dios

Cuando leo poema o escucho canciones de amor apasionadas, que expresan sentimientos intensos, pienso que este amor tiene un componente divino. Por analogía, el amor humano se expresa igual que el amor divino. De aquí la dificultad de describirlo. Dios nos ha hecho un regalo inmensurable, que es la capacidad de amar. Y en esta capacidad de amar se da él mismo. Por eso podemos bendecir el amor humano, el matrimonio, porque en este amor que sienten los cónyuges, uno por el otro, se está dando el amor de Dios. El amor humano es expresión del amor de Dios. No podremos superar la dicotomía que enfrenta a los filósofos entre amor como sentimiento o acto de la voluntad, si prescindimos del amor de Dios. No podemos separa el amor humano del amor de Dios.

Para entender qué es el amor humano hay que adentrarse en el amor de Dios por los hombres. Pero, ¿cómo es ese amor? Se han dicho muchas cosas del amor de Dios. Así que no sé si yo diré algo nuevo.

Hablo del amor de Dios porque tradicionalmente se ha hablado poco. Se ha hablado mucho del amor a Dios. Pero el amor a Dios, así sin anestesia, requiere mucha ascesis, renuncia, es puro agapé, pura voluntad. Y hay que decir que la inmensa mayoría de la gente lo rechaza.  Nos pasaría lo mismo que a Amado Nervo: “¡Oh, Kempis, Kempis! ¡Asceta yermo! ¡Pálido asceta! ¡Qué mal me hiciste! Ha muchos años que vivo enfermo. Ha muchos años que vivo triste. Y es por el libro que tú escribiste”. Pero cuando se habla del amor de Dios cambia totalmente la perspectiva, porque el amor de Dios es eros, ternura, misericordia, compasión, empatía, comprensión, consuelo, cariño, alegría, creatividad, acogimiento, amistad, sanación, liberación, simpatía. El amor de Dios sube la autoestima de la que tanto se habla. Saca del fondo del pozo. Es, utilizando un lenguaje actual, un chute de energía. El amor de Dios convierte lo que es áspero en suave, lo que es amargo en dulce, lo que es pesado en ligero, “porque su yugo es suave y su carga ligera”. Entonces, la ascesis, el amor a Dios, deja de ser lucha descarnada y se transforma en ofrenda. Y es distinto porque la ofrenda tiene mucho de amor, de generosidad, de agradecimiento, de felicidad, de alegría. La ofrenda se puede decir que es un acto de agradecimiento a tanto amor, a tanta bondad. Me digo a mi misma que si los cristianos hubiéramos hablado más del amor de Dios (todo hay que decirlo, el Papa Francisco nos ha dejado en este sentido un gran legado espiritual), ¿quién se podría resistir? Es como cuando nos encontramos con alguien que se porta bien con nosotros, que nos hace favores, que nos quiere incondicionalmente. La reacción nuestra será de agradecimiento, de devolverle los favores y además lo haremos encantados de la vida. Con el amor de Dios pasa exactamente lo mismo. Viene a mi cabeza ese famoso poema de Antonio Machado:

Anoche cuando dormía
soñé ¡bendita ilusión!
que una fontana fluía
dentro de mi corazón.
Dí: ¿por qué acequia escondida,
agua, vienes hasta mí,
manantial de nueva vida
en donde nunca bebí?

Anoche cuando dormía
soñé ¡bendita ilusión!
que una colmena tenía
dentro de mi corazón;
y las doradas abejas
iban fabricando en él,
con las amarguras viejas,
blanca cera y dulce miel.

Anoche cuando dormía
soñé ¡bendita ilusión!
que un ardiente sol lucía
dentro de mi corazón.
Era ardiente porque daba
calores de rojo hogar,
y era sol porque alumbraba
y porque hacía llorar.

Anoche cuando dormía
soñé ¡bendita ilusión!
que era Dios lo que tenía
dentro de mi corazón.

Se ha hablado del amor de Dios como el de un padre por su hijo (filiación divina) o se ha destacado la ternura, la misericordia (el Papa Francisco habló mucho). Pero no se ha dicho, o muy poco, que el amor de Dios es un amor apasionado. Es cierto que el Antiguo Testamento, los profetas, sobre todo Oseas, hablan de este amor apasionado, pero tengo para mí que se ha tenido un poco de miedo de hablar de este tipo de amor porque se ha visto como sensual, erótico o carnal. Benedicto XVI lo dice claramente: el amor de Dios es el de un amante apasionado. También lo dice Pío XII. Y de este amor hablaré yo inspirándome en la lírica amorosa y en las canciones populares, como la de Chiquetete.

En la poesía amorosa y en la canción popular sale de forma recurrente el amor imposible, el amor idealizado y la sed de amor. El poeta o cantautor ve al amado o a la amada como un ser inalcanzable, muy lejos, como una estrella en la inmensidad. Así también nos ve Dios: muy lejos de él. Indiferentes a su amor. No solo los ateos o agnósticos, sino también los creyentes. Muchas veces no percibimos su amor. Pasamos de largo. Esto lo expresa muy bien Chiquetete en la canción mencionada: “Que ella es mi delirio y no se da cuenta”. Somos el delirio de Dios y no nos damos cuenta de su sufrimiento ante nuestra indiferencia. Esta idea ya la expresaba Lope de Vega en su famoso soneto:

¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,
que a mi puerta, cubierto de rocío,
pasas las noches del invierno oscuras?

¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras,
pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío,
si de mi ingratitud el hielo frío
secó las llagas de tus plantas puras!

¡Cuántas veces el ángel me decía:
«Alma, asómate ahora a la ventana,
verás con cuánto amor llamar porfía»!

¡Y cuántas, hermosura soberana,
«Mañana le abriremos», respondía,
para lo mismo responder mañana!

Hace poco escuché el testimonio de una conversión muy oportuna. Un neurocirujano ateo y materialista, pero que respetaba el cristianismo. Tuvo un hijo que al nacer parecía tener autismo. Él no podía soportar la idea de no tener relación ni contacto con él. De vivir separados. Saliendo del hospital, entró en la capilla y se dirigió a Dios diciéndole: “No sé si existes, pero no puedo soportar la idea de vivir separado de mi hijo, de no tener relación con él”. Dice que oyó una vez, la única que ha oído en su vida, que le decía: “Pero si esto es lo que haces tú conmigo”. Y él contestó: “Sorry. Y won´t do it again”. Pienso que a veces realmente somos autistas en nuestra relación con Dios.

Otra idea que sale en la poesía y la canción popular es la del amor idealizado. El amado o amada está adornado con todo tipo de atributos y el amante coloca a la amada o al amado en un pedestal. Lo mira boquiabierto. Dios también nos mira boquiabierto. También nos ha colocado en un pedestal al elevarnos a la categoría de hijos suyos. Somos hijos de un rey. Y él nos trata así. Somos herederos y herederas. Herederos de un reino. Somo Efraín, el primogénito. Hay un poema de Ángel González que pienso puede expresar muy bien como nos mira Dios:

Yo sé que existo
porque tú me imaginas.
Soy alto porque tú me crees
alto, y limpio porque tú me miras
con buenos ojos,
con mirada limpia.
Tu pensamiento me hace
inteligente, y en tu sencilla
ternura, yo soy también sencillo
y bondadoso.
Pero si tú me olvidas
quedaré muerto sin que nadie
lo sepa. Verán viva
mi carne, pero será otro hombre
—oscuro, torpe, malo— el que la habita…

Y, por último, el amor de Dios es un amor sediento. Esta idea también la expresan los poetas y cantautores. Una ranchera dice: “Quiero beber de tus labios el agua de amor divino. Tomarla de beso en beso. Me estoy muriendo de sed”.  Dios también tiene sed de nuestro amor. A la samaritana le pidió de beber y en la Cruz dijo: “Tengo sed”. Nosotros suplicamos a Dios, pero Dios también nos suplica a nosotros. No podemos olvidar que el amor es un viaje de idea y vuelta.

Se ha dicho y es cierto que la mayor muestra de amor de Dios por los hombres fue la entrega de su vida. Pero el amor de Dios va más allá todavía. Es una auténtica locura, un amor vertiginoso, un amor que la mente humana no puede imaginar ni entender. Es verdad que si supiéramos cómo es el amor de Dios, moriríamos, pero también es cierto que sin el amor de Dios, no podríamos vivir, como hemos visto en el anterior poema. El amor de Dios nos sostiene en el ser. Recuerdo aquella canción popular: “Ni contigo ni sin ti, tienen mis males remedio. Contigo porque me matas y sin ti porque me muero”. La sabiduría popular es insondable.

Experiencia del amor de Dios

El amor de Dios es el que origina el amor a Dios y a los demás. Somos el delirio de Dios y nos lo hemos de creer. Porque en la medida que nos lo creamos, amaremos a Dios. El amor de Dios y el amor a Dios es lo que con tanto acierto los ingleses llaman feed back. Todos experimentamos el amor de Dios, aunque muchos no lo saben o no quieren reconocerlo. Porque sería un Dios muy duro si no nos diera a conocer su amor. Y no lo es. Todos experimentamos el amor de Dios porque Dios hace salir el sol sobre justos e injustos y comunicar su amor a todos, justos e injusto, sin diferenciar raza, condición, circunstancias, cociente intelectual. Y lo comunica desde el don de la vida hasta el detalle más imperceptible, desde lo más material hasta lo más intangible. El amor de Dios se cuela por todas las rendijas y está en todos los rincones, parafraseando al salmista. Lo que sí es cierto es que cada persona lo experimenta de forma diferente. Dios nos quiere como nosotros queremos ser amados.  Y lo que le gusta a una persona, le horroriza a otra. Lo experimentamos en las cosas creadas, en la Naturaleza. De aquí que el hombre de la postmodernidad ame tanto la Naturaleza, porque allí está experimentando el amor de Dios. Lo experimentamos en la belleza, en la verdad, en el bien, en las personas, en los acontecimientos, rezando o escuchando una canción de Chiquetete.

Por eso, cuando las personas dicen que Dios no nos ama porque permite el mal y el sufrimiento, hay que decirles que cada día de vida es expresión del amor de Dios, que el sol que sale todos los días, es expresión del amor de Dios, que la Naturaleza es expresión del amor de Dios, que el amor de un hijo, de un padre, de un amigo son expresión del amor de Dios. Y que en este mundo tan malo y horrible también hay muchas cosas buenas que nos hablan de ese amor que Dios siente por nosotros.

Siempre que abordo un tema referente a Dios, al final me encuentro siempre en una encrucijada, allá, como diría Sabina, donde se cruzan los caminos, esta vez de la gracia de Dios y la libertad humana. Ese famoso misterio. Es inevitable.

Y hasta aquí la canción de Chiquetete.