En países que se autocalifican como civilizados, no pocas leyes están basadas en deseos, eso sí, con la limitación de respetar el deseo de otras personas afectadas. Tal es el caso de las leyes sobre relaciones sexuales, que responden a slogans populares, como “solo sí es sí” y “solo no es no”.
El criterio de actuación, de raíces liberales, es bien conocido: «Mi libertad se termina dónde empieza la de los demás.» En estas leyes se interpreta como “mi deseo termina dónde empieza el deseo de los demás”. Claro que esto no se aplica en el aborto, en que el deseo no solo no respeta al no nacido, sino que le quita la vida. Pero eso es otro tema.
De este modo, la libertad se le da una referencia normativa: se limita con la libertad del otro. Hay que decir que, a veces, se interpreta este principio con criterios con más contenido ético, por ejemplo, interpretando como prescripción: “tus acciones y decisiones son libres mientras no dañen ni invadan los derechos, la dignidad o el bienestar de otras personas.” (diccionario psicología.com) Esto incluiría un mínimo respeto al otro. Sin embargo, en su sentido más genuino, expresa que “vivir en sociedad implica reconocer que cada individuo tiene su propio espacio de autonomía y que todos somos responsables de respetar esos límites mutuos.” Y, “aplicado a la vida cotidiana, esto significa que puedes expresar tus opiniones, elegir tu estilo de vida y perseguir tus metas, siempre y cuando no impongas tus deseos a los demás ni perjudiques su capacidad de hacer lo mismo.” (Ibidem)
Esto significa que el deseo deja de estar orientado por aquello que es bueno. Más aún, se reduce lo bueno a respetar el deseo ajeno. En otras palabras, se toma el deseo -propio y ajeno- como el criterio ético primordial.
Este enfoque pervierte el sentido original de la ética, tal como la entendían los pensadores de la Grecia clásica, pioneros en la reflexión ética. Ellos veían la ética como una guía para un buen uso de la libertad y, consecuentemente, para discernir sobre la bondad de los deseos. De este modo, la libertad contribuye al crecimiento personal humano. Al tomar como norma para una buena conducta “mi deseo termina dónde empieza el deseo de los demás”, sin más concreciones, se pasa de entender la ética como guía para el deseo a entender el deseo como guía de la ética. Cuando, en realidad, la ética es para discernir el deseo y no el deseo para discernir la ética.
La ética lleva a la responsabilidad. Y, en la responsabilidad hay un acto de libertad, reforzada por las virtudes; parte de anhelos y deseos que son orientados por la razón que descubre significados y valor moral. A partir de ellos la persona responsable decide actuar.
Afortunadamente, ya hay quien reivindica un cambio. Como escribía Christine Emba en el Washington Post, “el consentimiento no es suficiente: necesitamos una nueva ética sexual” En un libro más extenso, titulado Rethinking Sex: A Provocation, muestra que el consenso sexual es un suelo pero que es terrible si se toma como un techo.
A propósito de la película Stockholm
La escritora y periodista Lucía Martínez Alcalde ha escrito un interesante artículo, a propósito de la premiada película Stockholm (Rodrigo Sorogoyen, 2013), en el que analiza la pérdida de significado en las relaciones sexuales basadas en el consentimiento surgido exclusivamente del deseo. En esta película, los protagonistas son dos jóvenes, que se encuentran en una fiesta. Él se «enamora» casi a primera vista, aunque ella no se muestra tan receptiva. Aun así, ambos pasan la noche juntos. El artículo de Lucía arranca reproduciendo el diálogo que mantienen el día siguiente:
—Ayer no me quería acostar contigo. Sé que tú crees que sí. Pero no. Me convenciste con tus mentiras y lo hice, pero no te imaginas cuánto me arrepiento.
—¿No te lo pasaste bien?
—Sí, eres el mejor. Pero me arrepiento.
—Mala suerte, a veces nos equivocamos.
—Pero tú sabías que yo no quería, ¿verdad?
—Bueno, no sé.
—¿No lo dejé claro?
Comenta a continuación “¿El arrepentimiento que puede darse a la mañana siguiente (o a los meses) anula el valor del consentimiento de la noche anterior? ¿O más bien nos habla de que el consentimiento no es suficiente? ¿Qué más haría falta para vivir las relaciones sexuales con plenitud? Algunas feministas defienden que lo que falta es el deseo, y este llega así a reemplazar a la voluntad como quicio del consentimiento. Pero la realidad es que ni todo lo consentido es automáticamente «sexo bueno» en el sentido ético, ni el consentimiento crea «buen sexo» (placentero, satisfactorio) por sí solo.”
Añade: “Se nos ha vendido la moto de que podemos tener el sexo que queramos, cuando y como queramos, sin consecuencias —esto es, sin responsabilidad, o con la sola responsabilidad de «protegerse»—, que la espontaneidad es la guía vital y hay que dejarse llevar, que nunca sabemos en qué cama podemos amanecer, que no hay que reprimirse… Y ahora, sin levantar el pie del acelerador, se intenta pisar el freno hablando de límites, de consentimiento, de respeto, de preocuparnos de la persona que tenemos enfrente. Responsabilizarnos.
Responsabilidad viene de responder. Responder ante alguien, pero también responder ante la realidad. Para que la responsabilidad sea de verdad y no marcar un tick en las casillas de un cuestionario sin más, se necesita contar con que la realidad es la que es, con independencia de lo que pensemos de ella. El empeño por desligar al sexo de ataduras (biológicas, personales, sociales) ha llevado a desproveer al sexo de un significado. O más bien, ha llevado a la incapacidad (o la negativa) de reconocer que tiene un significado. Pero esa incapacidad (o negativa) no dobla la realidad al gusto del consumidor. Reconocer que el sexo tiene un significado no es un paso atrás. Es, quizá, el paso que falta.”
No puedo estar más de acuerdo.