Opinión

Tres ingleses rebeldes

Digamos de inicio los nombres de estos ingleses rebeldes a los que alude el título de este artículo: Moro, Newman y Chesterton. Y pongamos su rebeldía en un escenario que es tan viejo como ellos y tan actual como el tiempo en el que vivimos.
En el fondo esta es la propuesta del libro “Contracorriente… hacia la libertad”, que nos hace Mariano Fazio, escritor argentino, licenciado en historia y doctor en Filosofía, actualmente vicario auxiliar del Opus Dei.
La corriente cultural dominante en Europa amenaza, hoy tanto o más que ayer, con arrastrar a quienes se sumergen en ella y no tienen lucidez y fuerza suficientes para resistirse a sus dictados. La rebeldía moral o intelectual de algunos personajes de otros siglos pueden servir de ejemplo en esta lucha de todos los tiempos.
Hay temas convertidos actualmente en dogmas con los que es difícil discrepar públicamente sin ser tachados de herejes y castigados con adjetivos resonantes. Cuestiones como el derecho al aborto, la ideología de género, la eutanasia,… que se plantean en confrontación con el derecho natural o incluso la antropología.
No es nuevo que haya que nadar contracorriente en el río de las ideas dominantes de una época. Moro vivió en las generaciones del Humanismo en las que junto a mentes brillantes como la suya y la de su amigo Erasmo, otras pusieron en cuestión creencias seculares, sin que ello signifique que no aportaran reflexiones valiosas. En el siglo XIX de Newman las ideas procedentes de la Ilustración Británica y la Revolución Francesa alteraron el significado de muchas palabras y conceptos. Así sucedió a lo largo de la historia, pero hubo quienes levantaron la voz de la ortodoxia, única heterodoxia que no se permite, en expresión de Chesterton.
Tomás Moro
He tenido la suerte de conocer físicamente los paisajes vitales que acompañaron a estos personajes, comenzando por el barrio de Chelsea, famoso actualmente por su equipo de futbol, pero en la historia inglesa también por ser el hogar de Tomás Moro, canciller de Enrique VIII. También estuve, como uno de los millones de visitantes que acude cada año, en la impresionante Torre de Londres, a orillas del Támesis, en la que pasó sus últimos días antes de ser ejecutado.
La vida de este santo inglés produjo en el cine en los años sesenta la película “A man for all seasons” (en versión española “Un hombre para la eternidad”), que aún se ve con gusto. Moro, que vimos encarnado en Charlton Houston, es un ejemplo de tantos mártires que han dado su vida en defensa de su fe católica, pudiendo haberse salvado. Prefirió seguir su conciencia a continuar gozando del favor del rey, que tanta admiración le tenía, y lo hizo desde su lealtad al monarca, pero antes a su conciencia insobornable.
John Henry Newman
A John Henry Newman se le puede encontrar en el aire universitario de Oxford, donde dictó tantas lecciones magistrales como sacerdote anglicano antes de su conversión al catolicismo, y adonde volvió años más tarde, antes de ser cardenal. Como un peregrino incansable, luchó contracorriente de su propia biografía y tuvo que defender sus nuevos pasos escribiendo aquella “Apologia pro vita sua” cuya primera edición se agotó en 24 horas, cual si fuera un precedente de los éxitos novelísticos fulgurantes de J. K. Rowling.
La primacía de la conciencia fue una de sus banderas de hombre libre. Basta recordar su Carta al Duque de Norfolk, en respuesta al primer ministro Gladstone que había dudado de que un católico pudiera hacer compatibles la obediencia a su país y a los dictados de Roma. A ella pertenece la famosa frase: “En el caso improbable de verme obligado a hablar de religión en un brindis de sobremesa, beberé “¡Por el Papa!”, con mucho gusto; pero primero “¡Por la conciencia!”, y después “¡Por el Papa!”.
Me gustó, durante un viaje, detenerme en Birmingham, segunda ciudad inglesa, para visitar el Oratorio que Newman fundó. Aquel día, sin concertar previamente visita, tuvimos suerte, y un joven portero, que por cierto lucía una camiseta del Barça, nos franqueó la entrada. Impresiona ver las dimensiones de aquel templo que él convirtió en un punto de luz en la Inglaterra del siglo XIX.
Newman es hoy una personalidad, respetada por católicos y anglicanos, que luchó por escudriñar la verdad en las escrituras patrísticas sin tener en cuenta los prejuicios ni perjuicios que ello podía ocasionarle. Mariano Fazio ejemplifica en él a quienes se sienten llamados a exponer su fe, liberándose del qué dirán y de los respetos humanos.
Gilbert Chesterton
Para un amante de la historia del Periodismo una estancia en Londres no es completa sin visitar Fleet Street, nombre que responde a Calle de la Flota porque hasta la canalización del Támesis, en el siglo XVII, era un espolón sobre el Támesis, poblado de chocolaterías y cafés en los que colgaban en sus puertas listines de salidas y entradas de barcos. Este fue el origen de hojas volanderas y periódicos que fueron escogiendo este entorno de tal modo que con el tiempo fue la calle que albergó a los grandes diarios ingleses.
Me imagino andando por esa calle, envuelto en un abrigo, al corpulento Gilbert Keith Chesterton, periodista, escritor, polemista que alumbró la prensa y literatura británicas a caballo entre los siglos XIX y XX.
Es el tercer personaje de “Contracorriente… hacia la libertad”, que nos propone Mariano Fazio. Un modelo de intelectual libre que, guiado por el sentido común y una actitud crítica, alcanzó la plenitud de la verdad en la Iglesia Católica, donde encontró, en expresión suya, “la llave que abre todas las puertas”.
Lo que llama la atención en Chesterton es su disposición a entrar en los debates valiéndose del arma de la paradoja y del buen humor. Su estilo no es nunca el de un apologeta dogmático y frío, sino el de un tertuliano compasivo, persuasivo, respetuoso y alegre. Buscó puntos comunes con sus detractores y rechazó repetir argumentos tópicos sustituyéndolos por otros afectivos y alegres. Seguramente le debe mucho de inspiración la asociación “Catholic Voice”, surgida en 2010 con ocasión de la visita de Benedicto XVI a Gran Bretaña, cuyo lema es “Defender la fe sin levantar la voz”, con la idea básica de echar luz en el debate, no leña al fuego.
Tres ingleses, por tanto, que representan al mundo de las personas y las ideas. Tres navegantes que no se dejaron llevar río abajo por lo políticamente correcto de cada época, sino que pensaron con su propia cabeza, y por ello son más admirados.