Comentario de documentos

Magnificas humanitas (II): la fuerza del humanismo cristiano

La Magnificas humanitas (MH) está fundamentada en el humanismo cristiano, que incluye razón y fe sobre el ser humano. “El humanismo cristiano no rechaza la ciencia ni la técnica, sino que las asume con gratitud y realismo, y las sitúa «con los pies en la tierra» dentro de una vocación más alta. La inteligencia creativa del ser humano es un don que puede aliviar sufrimientos y abrir nuevas posibilidades, pero debe permanecer ordenada al bien común, a la justicia, al cuidado de los frágiles y de la creación. En este sentido, la verdadera alternativa no está entre el entusiasmo y el miedo, sino entre dos modos de construir: un progreso que sirve a la persona y a los pueblos, o un progreso que los doblega a lógicas de poder» (MH, 129).

Desde visiones laicistas se ha criticado esta fundamentación, al tiempo que se alababa la encíclica por otros motivos. Así, Máriam Martínez-Bascuñán en El País (31 de mayo) alaba que la encíclica presente una norma objetiva desde fuera de la palestra política, en la que con frecuencia se utiliza una doble vara de medir, pero entiende que su argumentación es “esencialista”; se supone que por apoyarse en poseen algo esencialmente fijo e inmutable como es la dignidad humana. Para la periodista lo que importa no es lo que somos, sino qué mundo estamos construyendo; y este es un ámbito que, según ella, pertenece en exclusiva a la política. La defensa de la dignidad humana frente a los problemas introducidos por la IA es, sin duda, central en la MH y esta referencia proporciona gran solidez ética frente a los barros de emociones y opiniones. Claro está que la dignidad humana no basta y, de hecho, la encíclica hace continuas llamadas al discernimiento prudencial ante situaciones variadas y cambiantes, pero no para relativizar la dignidad humana sino para defenderla y protegerla en cada momento. Por lo demás, “el mundo que estamos construyendo” es también crucial en la encíclica -Babel o Jerusalén- pero hay un criterio ético que informa a política y que, sin él, tal construcción se deshumanizaría.

En otro artículo de opinión publicado en ABC (30 de mayo) por Joan-Francesc Pont, se afirma que “la Magnificas humanistas ofrecer un diagnóstico lúcido sobre los riesgos de la era digital y una defensa sincera de la dignidad. Sin embargo, permanece anclada en una antropología confesional que no reconoce plenamente el pluralismo moral contemporáneo.” Como alternativa, Pont propone el humanismo liberal, el cual “sostiene que la dignidad no necesita una base trascendente para ser universalmente vinculante. Estamos de acuerdo en que la dignidad humana se puede defender desde la razón. Es lo que hizo Kant apoyándola en la autonomía moral existente en las personas. Hay argumentos filosóficos que consideran a la persona como un todo, incluyendo su capacidad de trascendencia y amor donal, para argumentar sobre la dignidad humana.  Pero el humanismo cristiano todavía da mayor hondura a la dignidad humana al considerar su creación a imagen y semejanza de Dios, la Encarnación del Verbo y la elevación del hombre por la gracia y el destino eterno de comunión con Dios al que ha sido destinado.

Pont tolera “integrar la voz religiosa como una aportación más en una ciudad común basada en la conciencia libre, justicia social y fraternidad cívica, sin imponer una visión única del mundo a la ciudadanía plural de nuestro tiempo actual.” Es la conocida postura ilustrada dominantes desde hace un par de décadas y que ha conducido a la situación actual en la que ciertamente se reconoce la libertad de conciencia, a menudo entendida como relativismo moral más que como libertad en la conciencia de cada persona, a una justicia social con frecuencia basada en deseos más que en derechos bien fundamentados y un individualismo sin real fraternidad. Si se lee con atención la encíclica se verá que no se trata de imponer nada a nadie, sino de exponer y dialogar a quienes sinceramente busquen la verdad. La Iglesia, como Nehemias, en su tiempo, “no impone soluciones desde lo alto.” (MH, 8). Para León XIV, “la verdad que no se impone”. De aquí que la Iglesia no quiere levantar la bandera de la posesión de la verdad, porque la verdad no es un territorio que hay que defender, sino un bien que hay que compartir.” (MH, 25).