La inteligencia artificial (IA) y la entera transformación tecnológica actual, de enormes proporciones, interpela a la educación. La IA permite acceder instantáneamente a cantidades extraordinarias de información, responder preguntas, resolver problemas, elaborar textos, traducir idiomas y realizar tareas que hasta hace poco requerían un considerable esfuerzo humano.
Sus posibilidades para la educación son inmensas. Puede facilitar el aprendizaje personalizado, ayudar a los profesores, ampliar el acceso al conocimiento y ofrecer recursos educativos a personas que antes no podían disponer de ellos.
Pero esta transformación plantea también interrogantes fundamentales. ¿Qué significa hoy aprender? ¿Cómo desarrollar la inteligencia cuando una máquina puede proporcionarnos inmediatamente respuestas bien elaboradas? ¿Qué papel corresponde al profesor? ¿Cómo educar la libertad, el juicio crítico y la responsabilidad en un entorno digital que ejerce una influencia creciente sobre nuestras vidas?
En la Magnifica humanitas, León XIV dedica una atención especial a la educación, principalmente en los números 139–147, bajo dos títulos particularmente expresivos: Una alianza educativa para la era digital y Rol central de la escuela.
Plantea cómo conseguir que las extraordinarias posibilidades de la tecnología contribuyan a la formación y al desarrollo integral de las personas, en lugar de empobrecer sus capacidades
Educar para buscar la verdad, no simplemente para obtener respuestas
La primera gran preocupación de León XIV se refiere a la relación entre educación y verdad.
En el número 139 advierte que la omnipresencia de los medios digitales está generando una cultura de la inmediatez y la sobreestimulación que puede alimentar el cansancio, el aburrimiento y la resistencia ante el esfuerzo que exige buscar la verdad.
Vivimos acostumbrándonos a respuestas inmediatas. Cuando necesitamos una información, acudimos a internet. Cuando necesitamos resolver un problema, podemos consultar a la inteligencia artificial. Cuando queremos elaborar un texto, una máquina puede producirlo en pocos segundos.
Todo esto representa un avance considerable. Sin embargo, conviene distinguir entre disponer de una respuesta y comprender verdaderamente una cuestión.
Un estudiante puede obtener mediante IA una explicación excelente de un problema filosófico, científico o histórico. Pero ¿ha comprendido realmente el problema? ¿Ha aprendido a formular las preguntas adecuadas? ¿Es capaz de valorar críticamente la respuesta recibida? ¿Ha desarrollado su propia capacidad de pensar?
La educación no consiste simplemente en transmitir información. Implica desarrollar la inteligencia, enseñar a razonar, buscar la verdad, comprender la realidad y formar criterios propios.
Aquí encontramos una de las afirmaciones más importantes de la encíclica: «Toda tecnología educa a quien la utiliza» (n. 140).
Es una observación de gran profundidad. La tecnología no solamente nos ayuda a hacer determinadas cosas. Su utilización habitual también influye en nuestras capacidades, disposiciones y hábitos.
Un uso permanente de herramientas que ofrecen respuestas inmediatas puede disminuir la disposición a investigar, reflexionar y perseverar ante cuestiones difíciles. No se trata de un efecto inevitable, pero sí de un riesgo educativo que merece atención.
Por eso León XIV formula un criterio particularmente significativo: educar en el uso de la inteligencia artificial supone también aprender a decidir cuándo y para qué no utilizarla.
No es una invitación a rechazar la tecnología. Es una llamada a conservar el protagonismo de la inteligencia humana.
La IA puede ayudarnos a pensar mejor, pero también puede utilizarse como sustituto del pensamiento. Puede estimular nuestra curiosidad o alimentar nuestra pasividad intelectual. La diferencia depende en gran medida de cómo aprendamos a utilizarla.
Recuperar el tiempo, la atención y el esfuerzo necesarios para aprender
El segundo gran reto consiste en educar en una cultura que parece valorar cada vez más la rapidez y la facilidad. En el número 140, León XIV recuerda que los procesos educativos requieren tiempo, maduración, confrontación con la realidad y paciencia.
Aprender profundamente no es un proceso instantáneo. Para comprender una teoría, desarrollar una capacidad, formar un criterio moral o adquirir una virtud necesitamos estudio, reflexión, experiencia, diálogo y perseverancia.
El Papa recuerda, citando a Platón, que los conocimientos más profundos surgen de un esfuerzo prolongado de reflexión y discusión. No basta con recibir ideas: hay que contrastarlas, examinarlas y hacerlas propias.
La cultura digital tiende, en cambio, a ofrecer estímulos continuos y recompensas inmediatas. Podemos pasar rápidamente de una información a otra sin detenernos a comprenderlas. Podemos confundir la acumulación de datos con el conocimiento y la capacidad de acceder a respuestas con la sabiduría. Aquí conviene distinguir tres niveles: Información, conocimiento y sabiduría.
- La información proporciona datos y contenidos.
- El conocimiento supone comprenderlos, relacionarlos y reconocer su significado.
- La sabiduría va todavía más allá: implica juzgar qué es verdadero, qué merece ser buscado, qué es bueno y cómo debemos actuar en circunstancias concretas.
La inteligencia artificial puede contribuir extraordinariamente a los dos primeros niveles. También puede ofrecer elementos valiosos para la reflexión y la deliberación. Sin embargo, no sustituye la responsabilidad personal de juzgar y orientar la propia vida.
La formación de personas capaces de ejercer un juicio prudente constituye, por tanto, una finalidad esencial de la educación.
Esta preocupación adquiere particular relevancia ante los efectos que la exposición digital puede tener sobre los niños y adolescentes.
En el número 141, León XIV advierte sobre los riesgos asociados a una exposición precoz y sin supervisión a dispositivos y redes sociales: dificultades de atención, alteraciones del sueño, problemas en la regulación emocional, aislamiento, ciberacoso y exposición a contenidos perjudiciales.
El problema no es únicamente cuánto tiempo pasan los jóvenes ante las pantallas, sino también qué experiencias viven, qué hábitos adquieren, qué relaciones desarrollan y qué capacidades dejan de ejercitar.
La educación debe ayudar a recuperar espacios de silencio, lectura, conversación, estudio concentrado, esfuerzo intelectual y relaciones personales.
Podríamos formularlo así: educar en la era digital exige también educar la atención, la paciencia y la capacidad de prescindir de la tecnología cuando resulta conveniente.
Tres grandes retos para la escuela y las instituciones educativas
En los números 144–146, León XIV identifica expresamente tres grandes retos que merecen especial consideración.
1. El reto sociopolítico: una educación de calidad accesible a todos (n. 144).
El Papa recuerda que persisten profundas desigualdades en el acceso a la educación, tanto dentro de los países como entre las distintas regiones del mundo. La transformación digital puede abrir oportunidades extraordinarias para ampliar el acceso a los conocimientos. Pero también puede generar nuevas desigualdades.
No todas las familias disponen de las mismas infraestructuras, recursos tecnológicos o posibilidades de acompañamiento educativo. Tampoco todos los centros educativos pueden incorporar estas herramientas con iguales condiciones.
La denominada brecha digital no consiste únicamente en disponer o no de ordenadores y conexión a internet. También existe una brecha en las capacidades para utilizar responsablemente la tecnología, comprender sus resultados y aprovecharla para aprender.
Una educación auténticamente inclusiva debe procurar que los avances tecnológicos beneficien también a quienes disponen de menos recursos.
Desde la doctrina social de la Iglesia, esta cuestión remite a la dignidad de toda persona, el destino universal de los bienes, la justicia social, la solidaridad y el bien común.
La educación no puede convertirse simplemente en una ventaja competitiva reservada a quienes tienen mayor capacidad económica.
León XIV recuerda también la responsabilidad de los poderes públicos para garantizar una educación de calidad y la aportación de instituciones educativas privadas, incluidas las católicas, especialmente cuando contribuyen a hacerla accesible a familias con recursos limitados.
La pregunta decisiva es, por tanto: ¿cómo aprovechar la revolución tecnológica para ampliar las oportunidades educativas, en lugar de incrementar las desigualdades existentes?
2. El reto pedagógico: repensar cómo enseñamos y cómo aprendemos (n. 145).
León XIV observa que muchos sistemas educativos tienen dificultades para adaptarse a las transformaciones tecnológicas y para promover el crecimiento integral de los alumnos.
La IA obliga a revisar planes de estudio, metodologías, sistemas de evaluación e incluso la manera de entender la función del profesor.
Pensemos, por ejemplo, en las formas tradicionales de evaluación. Durante mucho tiempo, un trabajo escrito podía servir para valorar los conocimientos y las capacidades de un alumno. Pero cuando una herramienta de IA puede elaborar un texto bien estructurado en pocos segundos, la mera presentación de un trabajo ya no garantiza que el estudiante haya aprendido lo que pretendíamos enseñarle.
Esto exige repensar qué evaluamos y cómo lo evaluamos.
Quizá debamos prestar mayor atención a los procesos de aprendizaje, al razonamiento que conduce a una conclusión, a la capacidad de formular preguntas, argumentar, discutir críticamente y aplicar conocimientos a situaciones nuevas.
La IA también cambia el papel del profesor. Si su función consistiera solamente en transmitir información, muchas de sus tareas podrían automatizarse. Pero un buen profesor hace mucho más: despierta el interés por aprender, ayuda a interpretar la realidad, transmite entusiasmo por el conocimiento, acompaña el crecimiento de los alumnos y contribuye a formar su carácter.
La presencia personal, el ejemplo y la relación educativa adquieren así una importancia renovada.
La tecnología puede ser un recurso valioso para el profesor, pero no sustituye lo que tiene de profundamente humano la tarea de educar.
Por ello, León XIV insiste también en la formación continua de los docentes. No basta con enseñarles a manejar nuevas herramientas. Deben aprender a integrarlas pedagógicamente, de manera crítica y creativa, manteniendo siempre la educación integral como finalidad.
3. El reto intelectual y sapiencial: pasar del conocimiento fragmentado a la sabiduría
El tercer reto, que personalmente considero particularmente importante, es de carácter intelectual y sapiencial (n. 146).
León XIV advierte del peligro de un sistema educativo en el que la abundancia de información termine desplazando la investigación, la reflexión y el discernimiento.
Podemos disponer de extraordinarias cantidades de información y, sin embargo, carecer de una visión de conjunto.
Podemos conocer muchos hechos particulares y tener dificultades para comprender su significado.
Podemos resolver problemas técnicos complejos sin haber reflexionado suficientemente sobre los fines a los que deberían orientarse nuestras capacidades.
Este riesgo es particularmente relevante en una cultura educativa que tiende a valorar lo medible, lo inmediatamente útil y lo técnicamente eficaz.
La educación debe formar personas competentes, sin duda. Pero debe aspirar también a formar personas capaces de discernir, ejercer responsablemente su libertad y preguntarse por el sentido de lo que hacen.
Aquí reaparece la importancia de la sabiduría. La sabiduría no es una acumulación superior de conocimientos. Es la capacidad de integrar conocimientos, experiencia y valores, comprender los bienes humanos en juego y orientar nuestras decisiones hacia lo que verdaderamente merece la pena.
Por eso, la educación no debería limitarse a preparar a los jóvenes para desenvolverse en un mercado laboral cambiante. Debe capacitarlos también para vivir responsablemente, relacionarse bien con los demás, participar en la sociedad y contribuir al bien común.
Desde una perspectiva cristiana, esto se inscribe en la vocación de cada persona a crecer integralmente en humanidad y a realizarse mediante el amor, el servicio y la apertura a la trascendencia.
La inteligencia artificial hace todavía más necesaria esta formación sapiencial: cuanto mayores sean nuestras posibilidades de acción, mayor será la necesidad de discernir los fines que deben orientarlas.
Una alianza educativa: familias, escuela, sociedad e instituciones públicas
Llegamos a una de las propuestas más importantes de la encíclica: la necesidad de una alianza educativa renovada.
León XIV es consciente de que las familias no pueden afrontar solas los desafíos de la cultura digital.
En el número 142 señala que los modelos de negocio de muchas plataformas se basan en captar y monetizar la atención de los usuarios.
Esto crea una situación peculiar: las familias y las instituciones educativas buscan promover el crecimiento de los menores, mientras que determinadas plataformas pueden tener incentivos económicos para mantenerlos conectados durante el mayor tiempo posible.
No siempre coinciden, por tanto, los intereses comerciales con los bienes educativos.
De ahí que el Papa reclame una responsabilidad compartida entre familias, instituciones educativas, poderes públicos y proveedores de servicios digitales.
A las familias corresponde una responsabilidad educativa primordial. Deben acompañar a sus hijos, establecer criterios de uso de los dispositivos, promover hábitos saludables y ayudarles a desarrollar su libertad y su responsabilidad.
La escuela debe colaborar con las familias, formando en el pensamiento crítico, la búsqueda de la verdad, la convivencia y el uso responsable de la tecnología.
Los poderes públicos deben procurar condiciones justas para el acceso a la educación y establecer medidas proporcionadas de protección de los menores frente a prácticas digitales perjudiciales.
Las empresas tecnológicas también tienen responsabilidades que no pueden descargar simplemente sobre los padres o los educadores.
Y las comunidades cristianas pueden aportar espacios de formación, acompañamiento, encuentro y reflexión sobre el sentido de la vida y la dignidad humana.
Es significativo que León XIV cierre este apartado, en el número 147, concretando la alianza educativa en una serie de objetivos: educar en la sobriedad y el sentido de los límites, en el reconocimiento de los derechos de los demás y de las generaciones futuras, en la libertad y la responsabilidad, y en la trascendencia y el bien común.
No se trata simplemente de enseñar a utilizar correctamente herramientas tecnológicas. Se trata de formar una manera verdaderamente humana de vivir en una sociedad tecnológicamente avanzada.
Hacia una educación centrada en la persona
A la luz de estas reflexiones, podemos proponer algunas orientaciones para afrontar los retos educativos de nuestro tiempo.
Primera: mantener una visión integral de la educación. Educar no es solamente transmitir información o desarrollar competencias profesionales. Es contribuir al crecimiento intelectual, moral, afectivo, social y espiritual de las personas.
Segunda: utilizar la IA como ayuda, no como sustitución sistemática de las capacidades humanas. Conviene aprovechar sus posibilidades para aprender mejor, pero preservando aquellas actividades que forman la inteligencia: investigar, leer, escribir, razonar, dialogar y ejercitar el juicio propio.
Tercera: cultivar las virtudes intelectuales y morales. La búsqueda de la verdad requiere honestidad, humildad intelectual, perseverancia y apertura a la realidad. La utilización responsable de la tecnología requiere prudencia, justicia, templanza y sentido de la responsabilidad.
Cuarta: recuperar el valor de las relaciones personales. La educación es una actividad profundamente relacional. El encuentro entre profesores y alumnos, el diálogo, la confianza, el ejemplo y el acompañamiento personal no deberían quedar subordinados a la eficiencia tecnológica.
Quinta: orientar la innovación educativa hacia el bien común. Las tecnologías deben contribuir a una educación de calidad para todos, prestando especial atención a los más vulnerables y evitando que las diferencias de recursos se traduzcan en desigualdades educativas cada vez mayores.
Estas orientaciones nos invitan a evitar dos extremos. El primero sería rechazar las nuevas tecnologías por considerarlas una amenaza inevitable para la educación. El segundo consistiría en aceptar acríticamente toda innovación simplemente porque aumenta la rapidez, la comodidad o la eficiencia.
Entre ambos extremos está el camino del discernimiento: aprovechar las posibilidades tecnológicas sin perder de vista los bienes humanos que la educación está llamada a promover.
Conclusión. Educar para un futuro verdaderamente humano
La revolución digital representa un desafío extraordinario para la educación. Pero también puede convertirse en una oportunidad para redescubrir su verdadera finalidad.
Durante mucho tiempo, los sistemas educativos han prestado una atención considerable a la transmisión de conocimientos y a la preparación para el ejercicio profesional. Estas finalidades siguen siendo importantes, pero hoy resultan todavía más insuficientes cuando se consideran aisladamente.
La inteligencia artificial puede proporcionar información y realizar numerosas tareas intelectuales. Precisamente por eso adquieren un valor especial aquellas dimensiones de la educación que no pueden reducirse a la producción de resultados: la búsqueda personal de la verdad, el desarrollo de la libertad, la formación del carácter, la responsabilidad moral, las relaciones humanas y la sabiduría.
La cuestión decisiva no es si los estudiantes sabrán utilizar las tecnologías del futuro. Es si serán capaces de utilizarlas con inteligencia, libertad y responsabilidad, sin convertirse en sujetos pasivos de los sistemas tecnológicos.
En el número 147, León XIV recuerda que la escuela no está llamada a competir con la velocidad del mundo digital, sino a proporcionar aquello que este no puede ofrecer por sí mismo: tiempo compartido para aprender y relaciones humanas fiables.
Creo que aquí encontramos una buena síntesis. No se trata simplemente de preparar a nuestros jóvenes para vivir en un mundo dominado por la inteligencia artificial. Se trata de educarlos para que sean capaces de orientar ese mundo hacia fines auténticamente humanos.
Porque, en definitiva, el progreso educativo no se mide únicamente por cuánto saben nuestros alumnos o por lo que son capaces de hacer con las tecnologías, sino también por las personas en las que se van convirtiendo.
Y esta es, precisamente, la gran aspiración que recorre Magnifica humanitas: que el extraordinario poder tecnológico de nuestra época esté al servicio de una humanidad cada vez más digna, libre, responsable, solidaria y abierta a la verdad y al bien.