El 12 de junio finalizaba la memorable visita apostólica del papa León XIV a Madrid, Cataluña y Canarias. Su objetivo, manifestado en el diálogo con los periodistas el 6 de junio durante el vuelo de Roma a Madrid, fue «venir a encontrarse con los fieles, a celebrar la fe y a anunciar el mensaje de Jesucristo». Estas tres metas se han cumplido plenamente.
El Papa ha dedicado mucho tiempo a estar con los fieles que se han agolpado a su alrededor para escucharle, acercarse a él, estrecharle la mano, presentarle a sus hijos pequeños o, sencillamente, verle. Al mismo tiempo, muchos otros han seguido sus intervenciones durante largas horas a través de la televisión y otros medios de comunicación social.
Ha celebrado la fe en vigilias de encuentro y oración y, sobre todo, mediante la celebración diaria de la santa misa. Asimismo, ha anunciado con claridad y firmeza el mensaje de Jesucristo en homilías, discursos y respuestas a preguntas y testimonios de los fieles, con contenidos accesibles y, al mismo tiempo, profundos.
La visita ha estado precedida por la publicación y presentación de la encíclica Magnificas humanitas, cuyo mensaje, en gran medida, se ha proyectado en muchas de las enseñanzas de este viaje. Entre ellas, nos detendremos aquí en algunos mensajes que, a nuestro juicio, son clave y pueden tener un gran impacto en el futuro.
La Iglesia tiene un mensaje para todos, no solo para los creyentes
La Iglesia tiene un mensaje para todos, no solo para los creyentes. Así lo afirmaba León XIV al empezar su viaje, y relacionaba esta idea con su reciente encíclica. Aunque el Papa se dirige, en primer lugar, a los católicos, ha demostrado que la Iglesia tiene un mensaje humanizador que va más allá de los creyentes. Lo ha puesto también de relieve a lo largo de su viaje, singularmente en su discurso ante el variopinto Parlamento de España, que le mereció un insólito aplauso de siete minutos, con sus señorías en pie, tras un discurso coherente de enseñanzas sociales de la Iglesia, en el que, de modo elegante, pero claro, incluyó temas espinosos relacionados con el respeto a la vida. El Papa es, en efecto, una reconocida voz moral en el mundo. Así lo reconoció el rey Felipe VI en su discurso de bienvenida, identificando la voz del Papa como un faro moral universal, no solo para los católicos. Afirmó: «Vuestra voz, Santidad, mana del espíritu, de la fe cristiana, y se nutre de veinte siglos de historia. Es hoy fuente de inspiración para más de 1.400 millones de católicos; pero resuena, por su contenido ético, mucho más allá: en todas las conciencias».
Es necesario abrirse a la realidad, buscando la verdad, más allá de ideologías prefabricadas
Habló de ello en su primer encuentro con las autoridades civiles en el Palacio de Oriente: «El mensaje de paz que, en estos tiempos, por desgracia, resuena para algunos como ingenuo y para otros como provocador, encuentra acogida en quienes no se encierran en ideologías prefabricadas, sino que se abren a la verdad». Añadía: «La verdad es siempre más grande que nosotros y por eso nos sorprende y nos atrae hacia caminos de purificación y reconciliación, en los que el diálogo con los demás —y con el Otro con mayúscula— se vuelve fundamental». El Papa no ignora la presencia de ideologías en nuestra sociedad, pero es consciente de que las ideologías sin verdad tienden a absolutizarse y a dar origen a enfrentamientos irreconciliables, tensiones y, en el extremo, violencia. Citando al papa Francisco, añadía: «Existe, en efecto, “una tensión bipolar entre la idea y la realidad. La realidad simplemente es, la idea se elabora. Entre las dos se debe instaurar un diálogo constante, evitando que la idea termine separándose de la realidad. Es peligroso vivir en el reino de la sola palabra, de la imagen, del sofisma”» (Evangelii gaudium, 231).
La pregunta fundamental es qué significa ser humano y la Iglesia tiene una respuesta que desea compartir
León XIV, en su encuentro con el mundo de la cultura, el arte, la economía y el deporte en el Movistar Arena, empezó afirmando que «la Iglesia, consciente tanto de sus aciertos como de sus errores a lo largo de la historia, anhela permanecer en diálogo con el mundo contemporáneo: “la actitud de diálogo es parte integrante de su vocación”» (Magnifica humanitas, 2). Y buscando ese diálogo, encontró un punto de encuentro apelando a profundos anhelos humanos. Afirmó: «En el ADN de la humanidad está radicado el deseo de bien, de belleza, de verdad; y es a partir de esa aspiración profundamente humana y de nuestra experiencia plurisecular que la Iglesia propone caminos para una vida digna y el bien común».
A partir de aquí, planteaba la cuestión decisiva, que sigue siendo la misma que en otros tiempos: «¿Qué significa ser verdaderamente humano?». Es una pregunta muy significativa para todos: empresarios, políticos, artistas, deportistas y forjadores de cultura de todo tipo. También para la Iglesia, la pregunta es importante, y encuentra su respuesta no solo en la indagación racional, como hacen los filósofos, sino también, y sobre todo, en la fe en Jesucristo.
Añadió: «La Iglesia comparte con humildad, pero también con firmeza, aquello que ha descubierto en la experiencia de la fe: que Jesucristo responde a las grandes preguntas sobre la vida humana y su plenitud, ya en este mundo y hasta su culmen en la eternidad. Por eso, la persona humana permanece siempre como “el camino primero y fundamental de la Iglesia” y el corazón de toda auténtica vía de desarrollo humano integral» (ibíd., 50).
La dignidad inviolable de la persona humana y el bien común son la base para una sociedad auténticamente justa
Puede considerarse este el mensaje central del discurso en el Parlamento español. Lo construyó a partir de la aportación de la Escuela de Salamanca, cuyo pensamiento «trascendió las aulas y las bibliotecas, y llegó a formar parte de una conciencia más amplia, compartida por la comunidad internacional, que sigue preguntándose cómo construir la paz sobre el reconocimiento de la persona y no sobre la imposición de la fuerza».
El Papa alabó este legado, añadiendo que «vive también en estas Cortes, cada vez que el legislador se pregunta cómo hacer que lo posible sea justo, que lo legal sea verdaderamente humano y que la voluntad de la mayoría custodie aquellos bienes que pertenecen a todos y respete aquello que ninguna mayoría puede legítimamente vulnerar».
Añadió: «Este discernimiento comienza por una afirmación primera: toda sociedad auténticamente justa se edifica sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana».
Tal dignidad, como había señalado Benedicto XVI en su Discurso ante el Parlamento Federal alemán (2011), «precede a toda concesión del Estado y no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables o al vaivén de las mayorías de cada momento». Es, sin duda, una defensa de una democracia fundamentada en la dignidad de la persona y en los valores que de ella derivan, y no en el relativismo moral.
Junto a la dignidad humana, destacó también el bien común, que «es, en cierto modo, “la forma social de la dignidad humana”» (cf. Magnifica humanitas, 59). Añadió: «Cuando el bien común deja de ser horizonte compartido, la acción pública corre el riesgo de fragmentarse en intereses parciales, incapaces de custodiar aquello que pertenece a todos».
Reconocimiento y custodia de toda vida humana
Estrechamente relacionado con la dignidad humana y el bien común se encuentra el valor de la vida humana. En el citado discurso al Parlamento español, el Papa indicó con firmeza: «Toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia. Cuando esta certeza se oscurece, los más vulnerables son las primeras víctimas y la ley pierde su significado más profundo: servir y proteger a cada persona. Por eso, la grandeza moral de una nación se manifiesta, sobre todo, en su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad». Es una invitación a repensar las legislaciones que no respetan el valor de la vida humana antes de nacer, que niegan el valor de la vida en las últimas etapas de la existencia o que no ofrecen los debidos cuidados paliativos.