Opinión

Polarización y pérdida del poder de la palabra

Soy filóloga y, quizás por defecto profesional, me fijo en el lenguaje y en la palabra. Me interesa interpretar el signo lingüístico y cómo interviene en la conducta de las personas y la sociedad. Me interesa el rol de la palabra en el mundo en que vivimos. Es sabido por todos que la palabra ha perdido poder, energía, contenido. La palabra, tradicionalmente, movía y conmovía las conciencias, dirigía los comportamientos, modificaba hábitos y costumbres. La palabra era revolucionaria, estaba empoderada. Podía provocar alzamientos, guerras, cambios sociales, giros copernicanos. Un pensamiento expresado verbalmente tenía tal poder de persuasión que zarandeaba e impulsaba a una conducta en un sentido u otro. Podemos decir que la persona era logocéntrica: la razón, la palabra, el verbo eran convincentes, seductores y también eran coherentes y honestos. Pero en la postmodernidad, la palabra ha sufrido un deterioro importante. Ha sido manipulada, tergiversada, despojada de sus atributos: verdad, bien, belleza. La palabra ya no abre horizontes, ya no es brújula ni atajo ni luz. Se ha desvirtuado, ha perdido sus señas de identidad. Ha quedado sometida a los arbitrios de los demagogos, de los charlatanes de feria, de los totalitarios, fanáticos, dogmáticos e intolerantes.

Polarización de la palabra

Una de las causas de la polarización actual es la pérdida del poder de la palabra. La palabra es catalizadora de emociones, ve matices, es conciliadora, pacífica, rechaza la violencia y la mentira. Tiene poder sanador y busca caminos para acercarse al otro. Se ha perdido el respeto a la palabra, a la razón, a la inteligencia y en última instancia a la persona. En definitiva, la palabra es lo que define a la persona: su capacidad de utilizarla. Y el hombre actual la ha perdido. De aquí viene la polarización, porque ya no se utiliza la palabra sino la ofensa; ya no se habla, se grita; ya no se expone una idea, se impone. Estamos asistiendo a la ceremonia de la confusión. Es este un escenario babélico. Es paradójico que en la era de la comunicación y de las redes sociales haya tanta incomunicación, tanta incapacidad para escuchar y entender. Y esto deriva en polarización. En posturas y posicionamientos alejados de la palabra y de la razón. No pondré ejemplos, pero el mundo actual está lleno.

En la actualidad, la palabra ya no es coherente. Es contradictoria. Se hace una afirmación y su contraria al mismo tiempo y bajo el mismo punto de vista. El principio de no contradicción ha muerto. Y en la era del relativismo, eso dicen, nunca había habido tanto dogmatismo. No se expone una idea, se impone. Y cuando se expone una idea, la respuesta no es otra idea, como corresponde en un debate, sino el insulto, la descalificación.

El hombre del siglo XXI ha sustituido la palabra por la consigna. La palabra ya no dirige sus actos, sino las consignas, que llegan de instancias de poder mediático, político, económico. Obedece a estas consignas. Actúa a golpe de consigna y no como consecuencia de un razonamiento. La palabra no le convence. Es más, no le atrae. La considera aburrida y caduca. La destrucción de la palabra ha significado la desaparición del análisis crítico y riguroso de los hechos y de la historia. Ha quedado reducida al ámbito intelectual y académico. La utilizan los nostálgicos de la sabiduría y de la cultura. No se pasea por las calles ni tiene un ágora donde expresarse.

Posverdad, cancelación y deconstrucción

La palabra ya no busca la verdad. La mentira y la manipulación son las protagonistas del escenario. Vivimos en la época de la postverdad, ya no del relativismo. Hemos ido un paso más allá y la verdad ya no existe ni en pequeñas dosis. De esto saben mucho los políticos y los periodistas. Las campañas de difamación se suceden y los juzgados están llenos de denuncias contra el honor.

La palabra ya no busca el bien. Ha perdido su honestidad y coherencia. Y ahora es un arma de destrucción. La palabra, parafraseando a León XIV, es desarmada y desarmante. No busca la aniquilación o la cancelación del otro. Que lejos aquellas palabras atribuidas a Voltaire: “No comparto tus ideas, pero daría mi vida para que las pudieras defender”. Vivimos una época en que el “más vale no hablar” se ha convertido en consigna. Las dictaduras reprimen a los disidentes, pero es que también en las democracias liberales, decir lo que se piensa es asumir un riesgo. El riesgo de que te cancelen, que te difamen, que te insulten.

La palabra ya no busca la belleza. Por eso hay tan pocos lectores de poesía, porque la poesía ya no contempla ni escucha, sino que se ha dedicado a deconstruir la palabra, como si esta se encontrara en un callejón sin salida y ya no pudiera expresar emociones y sentimientos.

Credibilidad y confianza

Una de las causas de la polarización ha sido la pérdida del respeto a la palabra. Haberla dejado reducida a escombros. Pero la otra causa es la falta de credibilidad. La palabra ya no convence. Esta pérdida de confianza ha contribuido mucho a la polarización, al fanatismo. La palabra ya no se abre al otro, sino que levanta muros, divide, separa, produce fracturas en las relaciones personales, en las amistades, en la familia. Y esto se produce porque no se confía en la palabra del otro, ni en la del político ni en la del vecino. La frase “es una persona de palabra” está obsoleta. Porque a la palabra ya no la sigue la acción, sino la inoperancia. El hombre del siglo XXI no lee, pero es que tampoco escucha y esto se debe a la crisis que está sufriendo la palabra, a su falta de credibilidad. Los discursos se han polarizado porque se ha polarizado la palabra, porque la palabra siempre precede a la acción y esta deriva muchas veces en violencia.

Nos queda la palabra

La postmodernidad puso en tela de juicio la razón y después deconstruyó la palabra. Todo esto se lo debemos a filósofos como Jacques Derrida o Michel Foucault. Le negaron a la palabra su capacidad de encontrar la verdad, el bien, la belleza. Y la disfrazaron con una máscara, pero la verdad es que ahora mismo la palabra está desnuda y no parece que nadie se compadezca de ella. De algún modo la palabra ha muerto, como han muerto la razón y el hombre.

Blas de Otero tiene un poema que dice así: “Me queda la palabra”. Por su belleza lo reproduciré íntegramente

Si he perdido la vida, el tiempo, todo

lo que tiré, como un anillo, al agua.

Si he perdido la voz en la maleza,

me queda la palabra.

Si he sufrido la sed, el hambre, todo

lo que era mío y resultó ser nada,

si he segado las sombras en silencio,

me queda la palabra.

Si abrí los ojos para ver el rostro

puro y terrible de mi patria,

si abrí los labios hasta desgarrármelos,

Me queda la palabra.

Qué tiempos aquellos en que la palabra abría puertas, acercaba a los diferentes, era vehículo de comunicación. A nosotros nos han robado lo más precioso, nuestra seña de identidad, el elemento esencial de la persona humana. Nos han robado la palabra.

Siempre he dicho que rescataremos al hombre por la belleza, pero también por la palabra. Porque la palabra es raíz y fundamento y en última instancia la que da sentido a nuestros actos. Porque la palabra habita en el alma, junto con el bien y la belleza. Es patrimonio del alma. Con la recuperación de la palabra, como decía Ramón Muntaner, allá por los años 70: “destruirem un món estúpid i sense ànima. Cavem els fonaments d´una vida més alta”.