Comentario a la Carta Apostólica Diseñar nuevos mapas de esperanza
El 27 de octubre de 2025, antes de celebrar la Misa con los estudiantes de las universidades pontificias, el Papa León, sentado tras una pequeña mesa frente al altar de la confesión de la basílica de San Pedro, firma y entrega un documento con un título peculiar: “Diseñar nuevos mapas de esperanza.” Es una carta apostólica escrita a propósito del 60 aniversario de la Declaración ‘Gravissimum educactionis’ del Concilio Vaticano II. No siendo una de las preocupaciones principales de la Iglesia preconciliar, ¿por qué emanó finalmente una declaración sobre la educación? ¿Cuáles eran los asuntos que estaban sobre la mesa en los años 60?
La Gravissimum educactionis (GE) es uno de los documentos menores del Concilio Vaticano II. En realidad, es osado calificar de “menor” un documento emanado por un concilio ecuménico y por tanto con autoridad conciliar, pero sí es cierto que no es de los más conocidos y comentados de los que redactó el Santo Sínodo.
Una de las cuestiones que empezó a tomar fuerza en los años 40, a raíz del Christian Family Movement, y que los padres conciliares trajeron desde América era el reafirmar que el derecho a la educación de los hijos es primariamente de los padres, y sólo subsidiariamente de la Iglesia y del Estado. Los padres son los “primeros y principales educadores” (GE 3).
Otra de las preocupaciones que se cernía sobre las cabezas de los padres conciliares, suponía el tinte secular de ciertos movimientos pedagógicos surgidos a principios del siglo XX. La educación se estaba intencionalmente secularizando en muchos lugares del mundo; el documento conciliar reacciona contra esta amenaza, dándole un cierto tono beligerante que contrasta con el cariz amable y dialogante del Concilio.
El último asunto de fondo de Gravissimum educationis es un tema transversal a todo el Concilio: la revalorización del papel de los laicos, y en esta declaración, su misión en el mundo de la educación.
El Santo Padre León XIV, en el documento que nos ocupa, retoma estos temas -porque Gravissimum educationis “no ha perdido fuerza”- y comenta algunos nuevos desafíos que se añaden a la “brújula” que representa la Declaración conciliar, de la que se celebra el aniversario.
El alma educadora de la Iglesia
Diseñar nuevos mapas de esperanza vuelve a insistir en algunos puntos basilares de la GE. El primero responde a la pregunta: Iglesia, ¿qué pretendes enseñando? ¿Por qué se mete la Iglesia en educación? ¿quién le manda enseñar?
El documento que comentamos recuerda que “la educación no es una actividad accesoria, sino que constituye el tejido mismo de la evangelización” (1.1). Hace un recorrido por la historia de la tarea educadora que ha tenido en la Iglesia un actor protagonista: santos e instituciones eclesiales se han entregado con generosidad a esta actividad. La propia institución universitaria surge del “corazón de la Iglesia”. La Esposa de Cristo tiene que mostrar la Verdad; ese es su cometido. Pero, además, también propone una “cosmovisión”. Y finalmente la Iglesia, aparte de enseñar la Verdad y una visión del mundo, ha enseñado a vivir; pensemos en la ingente tarea de transmisión de conocimientos agrícolas y ganaderos, de higiene y de alfabetización que ha realizado a lo largo del globo y del tiempo, especialmente en tierras de misión.
La educación no es ajena a la Iglesia, porque es su misión. Enseñar al que no sabe es la caridad que se moviliza; y “educar es un acto de esperanza” (3.2). El munus docendi es uno de los tres oficios de la Iglesia. Nadie enseña con más derecho que la Esposa de la Verdad.
En este artículo, podríamos repasar el documento punto por punto -tiene once, con algunos subapartados en cada punto-, pero preferimos agrupar las ideas que en él aparecen en dos grupos conceptuales.
Educación coral
El primer gran tema que aparece en el documento podríamos llamarlo la “educación coral”. Y veremos que este concepto tiene muchas dimensiones que abarcan diversos aspectos. La primera y más evidente es que la “comunidad educativa es un nosotros”. Son muchos actores los que intervienen en el proceso; educamos entre todos.
Pero además de esta coralidad a nivel de actores. Existen otras coralidades: “la formación cristiana abarca a toda la persona: espiritual, intelectual, afectiva, social, corporal”. “Una persona no es un «perfil de competencias», no se reduce a un algoritmo predecible, sino que es un rostro, una historia, una vocación”. Una formación centrada solamente en las competencias, la eficiencia o la productividad personal, no tendría sentido. La educación abarca todas las dimensiones de la persona.
Una tercera coralidad, que se deriva de lo dicho y de posicionar a la persona como centro, habla de una educación no sólo en contenidos, sino en las virtudes: “la educación no es solo transmisión de contenidos, sino aprendizaje de virtudes”. Se trata de formar personas, ciudadanos, creyentes: la educación llega a la cabeza, pero también al corazón y a la acción.
La que podríamos llamar cuarta coralidad hace referencia a la variedad en las disciplinas del saber que imparten las instituciones cristianas y en particular las universidades.
La teología como rama del saber, no puede faltar en un ente universitario, que tiene ánimo universal. En este sentido, vale la pena recordar al Concilio: “En las universidades católicas en que no exista ninguna Facultad de Sagrada Teología, haya un instituto o cátedra de la misma en que se explique convenientemente, incluso a los alumnos seglares” (GE 10). Esta exigencia conciliar no se recoge explícitamente en el documento de León XIV, pero aparece implícitamente a través de las ideas de Newman -que es citado en dos ocasiones-. El Cardenal inglés aboga en su Idea de la universidad, por una institución que ofrezca todos los saberes; y especialmente que ofrezca el estudio teológico como idea unificadora de la verdad. Las distintas facetas de la verdad quedan fraccionadas -como deslavazadas- sin la visión integradora del todo y del origen de todo.
Quitar a la teología de la universidad es aceptar la antigua tesis racionalista: “la razón científica se absolutiza a sí misma como único modelo de racionalidad, de manera que la razón religiosa queda confinada a lo subjetivo y lo emocional, excluyéndose de la racionalidad y la sociabilidad. La forma de este fanatismo de la razón es el agnosticismo, que ni siquiera pierde tiempo en negar la religión, por cuanto ya está reducida a un hecho privado y sentimental, enteramente ineficaz en la realidad intelectual y social”[1].
Contra esto, León XIV hace hablar a Newman: “La verdad religiosa [teológica] no es una parte, sino una condición del conocimiento general. Eliminarla es, por así decir, nada menos que desprender la trama de la enseñanza universitaria”[2]. Esta cita del documento deja incoada toda una línea a la que Newman dedica los cuatro primeros discursos de La idea de la universidad: defender la presencia de la teología en el ámbito universitario.
Es decir, en este mundo hiperespecializado, el documento anima a no perder la cosmovisión, a fomentar, de hecho, una cosmovisión cristiana; “atreverse con un humanismo integral” -dice el Papa-, que recuerda la feliz expresión de Maritain y la tesis que defiende en su conocido libro: una educación que haga personas formadas en todos los ámbitos, sin olvidar la dimensión trascendente. Diríamos con Newman que este conocimiento filosófico-teólogico nos da “el poder de contemplar muchas cosas simultáneamente como un todo, de referirlas individualmente a su verdadero lugar en el sistema universal, de comprender sus respectivos valores y de determinar su dependencia mutua”[3].
“Sin este conocimiento sintético, la universitas pierde su «idea», convirtiéndose en una pluriversitas, incapaz de unificar el saber en una síntesis”[4]. Perdemos la coralidad de los saberes.
Cooperación y retos futuros
Después de abogar por una educación coral en sus distintos aspectos, es decir, que sea completa; el documento en sus últimos puntos, anima a la cooperación entre las entidades educativas. Admitiendo las peculiaridades propias de cada institución “el futuro nos obliga a aprender a colaborar más, a crecer juntos” (8.2); a participar en la creación de una “constelación educativa”.
El final del documento mira al futuro y a los siete principios que el Papa Francisco propuso al mundo en el Pacto educativo global; a saber: “poner a la persona en el centro; escuchar a los niños y jóvenes; promover la dignidad y la plena participación de las mujeres; reconocer a la familia como primera educadora; abrirse a la acogida y la inclusión; renovar la economía y la política al servicio del ser humano; cuidar la casa común” (10.1). Sobre esta “herencia profética” de Francisco; el Pontifice actual añade tres vías más de progreso; “tres prioridades” que afectan de manera especial al joven de hoy -sujeto de la actividad educativa-.
La primera “se refiere a la vida interior”. La necesidad de “espacios de silencio, discernimiento y diálogo con la conciencia y con Dios”. En este mundo volcado en lo exterior, necesitamos más que nunca interioridad.
A continuación, el Papa señala la necesidad de sabiduría en el uso de la tecnología y de la inteligencia artificial. Desde su formación con background matemático, el Santo Padre se hace cargo de las posibilidades y los peligros de estas nuevas tecnologías. No hace mucho en una audiencia con jóvenes en Indianápolis, concretaba recomendaciones en este campo: «La IA no discernirá entre lo que es verdaderamente correcto y lo que es incorrecto. Y no se maravillará, con genuino asombro, ante la belleza de la creación de Dios», «la tecnología nunca puede reemplazar las verdaderas relaciones personales.»
Finalmente, el tercer reto que el Papa remarca es la educación en “lenguajes no violentos, en la reconciliación, en puentes y no en muros”; educación en una “paz desarmada y desarmente”, volviendo a utilizar la expresión con la que se presentó al mundo.
El Santo Padre termina animando a las comunidades educativas a preguntarse por la esencia y los motivos: ¿a dónde vamos? y ¿por qué nos movemos hacia allí? ¿Quiénes somos como entidad educativa? ¿qué nos mueve?
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* Doctor en Teología. Capellán de la Universitat Internacional de Catalunya.
[1] G. Morra, Newman y la idea de Universidad, revista «Humanitas» n. 41, versión online.
[2] J. H. Newman, The idea of a University, 1907, p. 70.
[3] J. H. Newman, The idea of a University, 1907, p. 137.
[4] G. Morra, Newman y la idea de Universidad, revista «Humanitas» n. 41, versión online.