Este el pasado miércoles volvía del funeral de Josep Maria dando gracias a Dios. Tenía 90 años, y llevaba 68 como agregado de la Prelatura del Opus Dei. Años difíciles, complicados, para una vocación como la de agregado. Una vocación cristiana de entrega a Dios en medio de la calle, sin cambiar de lugar, convirtiendo en amor de Dios el trabajo de cada jornada. Con la renuncia a formar una familia propia. Se entiende familia de sangre; porque de familia propia sí que tuvo: sus hermanos en el Opus Dei. La vivió con alegría, con afecto, con delicadeza. ¿Es tan difícil aceptar que se puede vivir así hoy en día?
La Iglesia donde se celebraba el funeral estaba bastante llena. Mucho más de lo que suele ser habitual cuando se entierra una persona de aquella edad, que ha perdido habitualmente el círculo de amistades de su entorno social más amplio que tuvo siendo más joven. Señal de que una vida sin hacer mucho ruido puede tener una eficacia sobrenatural maravillosa.
Cuando santo Josepmaria Escrivà fundó la Obra le decían los eclesiásticos amigos: «Josemaría, se te irán. Si no tienen hábito, si no hacen votos, ¿quién los retendrá?»
Cuesta admitir, efectivamente, que en la Iglesia también existe este celibato. Yo también he tenido esta gracia y la he participado. Y no, no somos consagrados. La única consagración es la del bautismo que nos dispone para el culto. No hace falta ninguna consagración más para un fiel cristiano laico. La consagración a Dios es propia de los religiosos.
San Josepmaría estimaba mucho los religiosos. Tenía muchos amigos religiosos. Algunos fueron sus confesores, sobre todo al principio, cuando empezaba la predicación y la puesta en marcha de la fundación de la Obra. Después, cuando ya empezaba a haber sacerdotes de la Obra, lógicamente acudía a la ayuda espiritual que le proporcionaban. A lo largo de su vida orientó en la dirección espiritual muchas personas con el carisma religioso a ingresar a conventos y monasterios. Pero él también decía: “El celibato eclesiástico?, me preguntaron. No –contesté– mi celibato” (cf. Camino, Edición crítica, preparada por Pedro Rodríguez, Rialp, Madrid 2002, p. 245).
A ver si la Teología nos ayuda a encontrar este cimiento, este arraigo en el sacerdocio de Cristo que es el celibato apostólico de los laicos: un tesoro más de nuestra madre la Iglesia.