El accidente ferroviario ocurrido cerca de Urda (Toledo) en la línea de alta velocidad Madrid-Sevilla ha conmovido profundamente dentro y fuera del país. Los datos inmediatos son conocidos: dos trenes de alta velocidad, uno de Iryo y otro de Renfe AVE colisionaron cerca de la estación de Urda, en la provincia de Toledo. El tren de Iryo estaba detenido en la vía cuando el AVE lo alcanzó a gran velocidad. Eran aproximadamente las 08:53 horas del 28 de octubre de 2026.
En los dos trenes viajaban más de 500 personas. En torno a 147 pasajeros en el Iryo y entre 378 y 397 en el AVE de Renfe. El tren de Iryo se encontraba detenido en la vía cuando fue alcanzado por el AVE de Renfe. Las autoridades informaron de 69 fallecidos, mientras que decenas de personas resultaron heridas; alrededor de medio centenar continuaban hospitalizadas en los primeros días posteriores al accidente.
A esos fríos y tristes datos hay que añadir otros relevantes que puede ayudar a conocer qué ocurrió. Según las explicaciones ofrecidas por el ministro de Transportes, previamente se habría producido una avería informática del sistema de seguridad ferroviaria LZB, que obligó a detener los trenes en un tramo de la línea.
Por otra parte, existen grabaciones difundidas por varios medios con la conversación mantenida entre el puesto de mando de Adif en Atocha y los maquinistas de los trenes implicados tras la caída del sistema LZB. Por otro lado, los expertos han explicado los mecanismos de control existentes y qué pudo haber pasado.
El conocimiento de lo ocurrido, en realidad, todavía se mueve más hipótesis que en certezas. Personalmente, me llama la atención que la mayor parte de comentarios giran entorno a este conocimiento y las responsabilidades que puedan derivarse y apenas se ha oído la dimensión humanista del suceso, más allá de lamentar la pérdida de vidas humanas y las graves lesiones producidas.
Tratando de contribuir a llenar esta laguna, añadiría unas reflexiones breves:
La seguridad técnica, que tanto se valora, raramente llega a ser total y es poco sensato depositar una confianza absoluta en la técnica.
El accidente, como otras situaciones vitales, nos recuerda que la vida puede desaparecer en un instante.
¿Estarían preparados los fallecidos para este momento y para su encuentro con Dios? ¿Habrán tenido tiempo de arrepentirse ante Dios por los pecados de su vida o, al menos, habrían tenido una actitud habitual de quererse reconciliar con Dios?
Gratitud al párroco del lugar que fue inmediatamente al lugar de los hechos y les impartió la absolución colectiva, prevista en estos casos. Terminar bien la vida es lo decisivo.