Con poco tiempo, el Vaticano anunció que el papa León XIV visitaría París a finales del mes de septiembre. Aunque él nunca había estado allí, Louis Marius Prevost, su padre, era uno de los oficiales que, durante el desembarco de Normandía, comandaban los buques de la Armada estadounidense.
Macron quería una reunión privada con León XIV dentro de la catedral, pero la Santa Sede respondió negativamente. El Vaticano no quería que la visita presidencial se convirtiera en el eje organizador del programa y, por este motivo, se concretó que el Papa solo entraría en Notre-Dame para celebrar las Vísperas con el clero y los fieles.
Los obispos franceses veían la oportunidad de mostrar al Papa una Iglesia que, tras décadas de declive, quería pasar de la frase pronunciada por el papa Francisco en 2016: «Francia, eres la hija primogénita de la Iglesia… pero no la más fiel», a una Iglesia que vuelve a atraer a miles de jóvenes.
¿Qué ha ocurrido en Francia estos días? No sé si han tenido la oportunidad de seguir los pasos de León XIV por tierras francesas: París, Lourdes, Metz… Ha sido una estancia que ha superado todas las previsiones. Ya se imaginaban que habría gente, pero tanta y tan joven… El recorrido del Papa desde la Place de l’Étoile hasta la Place de la Concorde, con casi un millón de personas vitoreando y cantando, será difícil de borrar durante mucho tiempo.
Desde primeras horas de la mañana, la Ciudad de la Luz se vistió de fiesta y acogió al Papa con una gran apoteosis: banderas, cantos y una marea humana emocionada al paso del Pontífice. Los jóvenes coreaban el nombre del Papa con una sola voz, viva e incansable.
Titulares como París abraza a León XIV o La sed de Dios sacia a París llenaban las primeras páginas de todos los periódicos franceses. Desde el primer día en el estadio Saint-Denis, con 80.000 jóvenes, pasando por el casi millón de personas reunidas en la Plaza de la Concordia, la multitud orante en Lourdes y el discurso pronunciado en Metz ante la UNESCO, todos los periodistas, especialmente los extranjeros, aun acostumbrados a los viajes papales, se mostraron sorprendidos por esta movilización. ¿Cómo no recordar, ante estas manifestaciones, la visita que hace ahora ocho años realizó Benedicto XVI también a Lourdes y París? Si entonces París quedó desbordada, hoy ha sido la apoteosis.
El imponente escenario levantado para la misa marcó un nuevo capítulo para la Plaza de la Concordia, una plaza cargada de historia y que representa la encarnación de la República. Una historia que evoca uno de los escenarios de las ejecuciones durante la Revolución Francesa o la celebración anual de la Fiesta de la Bastilla.
No a todos les agradó la elección de la plaza como escenario de la misa. Los defensores del laicismo reprochaban el lugar alegando que representa a la República; los propios obispos no estaban seguros de llenar el espacio, pero los organizadores tenían claro que era el único lugar capaz de acoger a una multitud tan grande. Y acertaron. Durante la visita de cuatro días, León XIV animó a los católicos franceses a perseverar en su fe «incluso entre las espinas» de un mundo secularizado.
Durante unos días, Francia, con la estancia de León XIV, experimentó una especie de «suspensión del tiempo», ya que ocurrió algo inusual que sorprendió a todos: se congregaron multitudes, hubo una adhesión espontánea al Papa, los católicos vivieron un nuevo Pentecostés, una sociedad profundamente dividida experimentó un momento de gracia; todo fue como un interludio mágico, lleno de paz, que devolvió «el orgullo del catolicismo francés». En cuatro días, Francia pasó de la «cultura de la muerte», al introducir la eutanasia en la Constitución, a la «cultura de la vida», aplaudiendo las palabras del Papa en discursos y homilías.
Jean‑Marie Guénois, corresponsal de Le Figaro, afirmaba: «Tuvo que ser un papa norteamericano quien, ante una Europa que parecía un jardín con problemas, “cavó” y nos mostró dónde estaban las raíces europeas. De algún modo, ha devuelto el orgullo al catolicismo francés».
Todos los papas que han pasado por Francia han dejado huella. Basta recordar a Pío VII en la coronación de Napoleón, intentando que derogara los decretos de la Iglesia Nacional Francesa en 1804; el homenaje de Juan Pablo II a la libertad de conciencia frente a los totalitarismos en 1980; la referencia de Benedicto XVI a la importancia del cristianismo en la cultura europea y su emocionante discurso sin palabras en la casa de los padres de Bernadette en 2008; y la indignación del papa Francisco en Marsella, en 2023, ante la globalización de la indiferencia.