Comentarios del Evangelio

Domingo 29 del Tiempo ordinario (Ciclo A)

Texto del Evangelio (Mt 22,15-21): En aquel tiempo, los fariseos se fueron y celebraron consejo sobre la forma de sorprenderle en alguna palabra. Y le envían sus discípulos, junto con los herodianos, a decirle: «Maestro, sabemos que eres veraz y que enseñas el camino de Dios con franqueza y que no te importa por nadie, porque no miras la condición de las personas. Dinos, pues, qué te parece, ¿es lícito pagar tributo al César o no?». Mas Jesús, conociendo su malicia, dijo: «Hipócritas, ¿por qué me tentáis? Mostradme la moneda del tributo». Ellos le presentaron un denario. Y les dice: «¿De quién es esta imagen y la inscripción?». Dícenle: «Del César». Entonces les dice: «Pues lo del César devolvédselo al César, y lo de Dios a Dios».


Las palabras de Jesús llenan de luz y de alegría el corazón de quienes desean escucharlo con sinceridad. En ellas encuentran una verdad que ilumina la vida, abre nuevos horizontes y ayuda a descubrir el sentido profundo de las cosas. En cambio, para quienes solo buscan cuestionarlo o ponerlo a prueba, sus palabras parecen permanecer frías, incapaces de despertar una inquietud verdadera. Dios nunca deja de respetar la libertad del ser humano. No violenta nuestra voluntad ni se impone a nuestros pensamientos y deseos. Nos ofrece su luz, pero somos nosotros quienes debemos decidir si queremos dejarnos iluminar por ella.

Esto es precisamente lo que sucede en el Evangelio de hoy. Los fariseos se acercan a Jesús, no movidos por el deseo de conocer la verdad, sino con la intención de ponerlo a prueba y encontrar algún motivo para poder desacreditarlo y acusarlo.

Jesús conoce sus intenciones y lee en sus corazones. Sabe que no está ante personas dispuestas a dejarse interpelar por la verdad, sino ante quienes han convertido la pregunta en una trampa. Humanamente, parece que tiene las manos atadas: cualquier respuesta directa podría ser utilizada en su contra. Sin embargo, el Señor no se deja encerrar en los planteamientos de sus interlocutores y los invita a mirar más allá de la trampa que han preparado.

Jesús no los desprecia ni responde con hostilidad. Tampoco se limita a desenmascarar sus intenciones. Les devuelve la pregunta y los conduce hacia una respuesta que ellos mismos pueden descubrir: «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Con estas palabras, el Señor pone cada cosa en su lugar y nos recuerda que los deberes de la vida civil no tienen por qué estar enfrentados a nuestra relación con Dios. Ser creyentes no nos exime de nuestras responsabilidades en la sociedad, del mismo modo que ninguna autoridad humana puede ocupar el lugar que corresponde a Dios en nuestra conciencia y en nuestra vida.

La respuesta de Jesús va mucho más allá de resolver una controversia sobre los impuestos. Nos invita a discernir qué corresponde a cada ámbito de nuestra existencia y, sobre todo, a reconocer que Dios no es simplemente una parte más de nuestra vida, a la que reservamos un espacio cuando nos conviene. Si al César le corresponde lo que lleva su imagen, nuestra vida entera, creada a imagen de Dios, está llamada a volver a Él. No se trata de negar nuestras obligaciones humanas, sino de vivirlas desde una verdad más profunda: ninguna realidad terrena puede convertirse en nuestro dios ni reclamar una obediencia absoluta que solo corresponde al Señor.

El Evangelio nos previene así contra cualquier planteamiento que pretenda encerrar la verdad en una disyuntiva interesada o enfrentar artificialmente realidades que pueden y deben armonizarse.

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