La encíclica Magnifica humanitas dedica los números 132-147 al tema de la verdad como bien común, situándolo en el centro de su reflexión sobre los desafíos culturales y tecnológicos contemporáneos. A primera vista, esta formulación puede resultar sorprendente. Tradicionalmente, el bien común se ha asociado a las condiciones sociales, económicas y políticas que favorecen el desarrollo integral de las personas. Sin embargo, la enseñanza de León XIV es clara e inequívoca: «Sólo la búsqueda compartida de la verdad de los hechos, asumida como bien común, puede sentar las bases de una comunicación justa» (MH, 132).
La afirmación tiene una profunda relevancia antropológica y social. La verdad en la comunicación constituye el fundamento de la confianza, y la confianza es una condición indispensable para unas relaciones personales y sociales sanas. En el ámbito público, el gran enemigo de esa confianza es la desinformación. Hoy, además, la inteligencia artificial puede convertirse en un poderoso amplificador de este fenómeno al posibilitar la creación de narrativas sesgadas y contribuir a difuminar los límites entre lo verdadero y lo falso mediante la mezcla de datos, interpretaciones y opiniones.
Por ello, el Papa sostiene que «en el discurso público, la verdad de los hechos tiene una dimensión racional, ya que requiere verificación, cotejo de fuentes y responsabilidad argumentativa; pero es aún más relacional: se construye a través de vínculos de confianza y prácticas compartidas, en un diálogo honesto con los demás y con el mundo» (MH, 132). La verdad exige, ciertamente, procedimientos racionales de comprobación, pero también presupone comunidades capaces de confiar, dialogar y buscar conjuntamente la realidad.
Desde esta perspectiva, la verdad misma debe ser considerada un auténtico bien común. Ninguna sociedad puede mantenerse cohesionada cuando desaparece la confianza compartida en la posibilidad de acceder a la realidad. La democracia, la deliberación pública, la educación, la convivencia social e incluso la cooperación económica dependen de referencias comunes a la verdad de los hechos. Cuando esta deja de ser reconocida como un bien compartido, la vida pública corre el riesgo de fragmentarse en narrativas enfrentadas e incomunicadas entre sí.
La persona humana como fundamento del diálogo y de la verdad
La conexión entre verdad y bien común se comprende mejor desde la antropología del humanismo cristiano. La persona humana no es simplemente un individuo autónomo que construye por sí mismo el significado de la realidad, ni una pieza subordinada a estructuras colectivas impersonales. Es un ser racional y libre, capaz de conocer la verdad y orientarse hacia ella, pero también un ser constitutivamente relacional que descubre aspectos esenciales de esa verdad en el encuentro y el diálogo con los demás.
Por esta razón, la búsqueda de la verdad posee una dimensión necesariamente comunitaria. No es una actividad meramente privada ni un ejercicio aislado de la inteligencia. El acceso a la verdad requiere instituciones educativas, tradiciones culturales, espacios de deliberación y comunidades de búsqueda que permitan contrastar experiencias, argumentos y conocimientos.
La enseñanza de Magnifica humanitas invita, por ello, a cultivar una actitud permanente de amor a la verdad. Esta actitud se traduce en el esfuerzo por verificar la información, contrastar las fuentes, practicar la veracidad y exigir responsabilidad en la comunicación pública. Sin embargo, la cultura contemporánea se encuentra a menudo con narrativas que sustituyen la búsqueda de la verdad por la mera confrontación de perspectivas, como si la realidad fuera inaccesible y toda pretensión de verdad estuviera condenada al fracaso.
Estar en la verdad significa reconocer la realidad de las cosas, al menos hasta donde el conocimiento humano puede alcanzarla. Esto incluye no sólo los hechos verificables empíricamente, sino también aquellas dimensiones más profundas de la existencia que trascienden los datos sensibles. La dignidad ontológica de la persona humana es un ejemplo paradigmático. No se trata de una simple construcción social o de una preferencia subjetiva, sino de una realidad que reclama reconocimiento y respeto.
En este punto, León XIV se sitúa en continuidad con un amplio desarrollo del magisterio reciente. San Juan Pablo II dedicó una profunda reflexión a la crisis de la verdad moral y al peligro de sustituir valores objetivos por criterios arbitrarios o subjetivos (Veritatis splendor, 32). Del mismo modo, el cardenal Joseph Ratzinger, poco antes de ser elegido Papa con el nombre de Benedicto XVI, advertía que «se va constituyendo una dictadura del relativismo que no reconoce nada como definitivo y que deja como última medida sólo el propio yo y sus apetencias» (Homilía, 18.IV.2005) . Más tarde, Benedicto XVI volvería sobre esta cuestión al señalar que «el hombre moderno tiene la errónea convicción de ser el único autor de sí mismo, de su vida y de la sociedad» (Caritas in veritate, 34), una actitud que consideraba fruto del repliegue egoísta sobre uno mismo.
Estas advertencias no responden a una nostalgia de certezas del pasado, sino al reconocimiento de que la convivencia humana exige referencias compartidas a la verdad. Sin ellas, la libertad pierde orientación, el diálogo se transforma en confrontación de voluntades y el bien común se reduce a un equilibrio inestable de intereses contrapuestos.
En definitiva, León XIV propone una cultura de la búsqueda compartida de la verdad. Sólo sobre este fundamento puede construirse un diálogo auténtico y una sociedad capaz de reconocer la dignidad de cada persona y orientarse hacia un bien común verdaderamente humano.