Comentario de documentos

Comentarios a la Magnificas humanitas (III): Llamada a la responsabilidad personal e institucional

León XIV propone «edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos» (Magnifica humanitas, 1). En esta tarea, tanto las personas como las instituciones están llamadas a realizar su propia aportación, de acuerdo con sus respectivas capacidades, responsabilidades y posibilidades de influencia.

El Papa reconoce que «no todos tienen el mismo poder de influir sobre la realidad: hay quienes gobiernan, quienes deciden inversiones, quienes dirigen instituciones, quienes investigan, quienes educan, quienes informan, quienes producen; y hay quienes parecen tener sólo su propia vida cotidiana. Sin embargo, nadie está exento de responsabilidad» (MH, 212). La diferente capacidad de intervención no elimina, por tanto, la responsabilidad moral, sino que determina su alcance y sus modalidades concretas.

La responsabilidad personal se manifiesta continuamente en las decisiones cotidianas, las palabras, las actitudes y las acciones. Cada persona, dentro de su propio ámbito, puede alimentar la lógica de la fuerza —mediante la indiferencia, el cinismo, la mentira o el odio— o promover la lógica de la paz —mediante la verdad, la sobriedad, la cercanía y el cuidado—. La transformación de la sociedad no comienza necesariamente con gestos extraordinarios, sino con una multitud de fidelidades pequeñas, perseverantes y concretas que se oponen a la deshumanización y favorecen una convivencia más justa y fraterna.

Para ilustrar esta responsabilidad compartida, el Papa cita a J. R. R. Tolkien, quien recuerda que no corresponde a cada generación dominar por completo el curso de la historia, sino realizar el bien que está a su alcance en el tiempo y en el lugar que le han sido confiados, dejando a quienes vendrán después una tierra mejor preparada para ser cultivada. La civilización del amor no nace, por consiguiente, de un único gesto espectacular, sino de la suma de pequeñas fidelidades, personales e institucionales, mantenidas con constancia frente a las dinámicas de deshumanización (MH, 213).

Sobre esta base, León XIV propone cinco caminos concretos mediante los cuales cada persona y cada institución pueden colaborar en la construcción de una sociedad más humana: desarmar las palabras, construir la paz sobre el fundamento de la justicia, asumir la mirada de las víctimas, cultivar un sano realismo y relanzar el diálogo y el multilateralismo. Estas propuestas constituyen un verdadero programa ético para la vida personal, social y política en la era de la inteligencia artificial.

Desarmar las palabras

La primera responsabilidad consiste en «desarmar las palabras» (MH, 214). El Papa recuerda que las palabras nunca son neutras, sino que poseen una enorme capacidad para construir o destruir relaciones. Las guerras y los conflictos suelen comenzar mucho antes de la violencia física, mediante discursos que alimentan el odio, los prejuicios, la manipulación o la deshumanización del adversario.

Por ello, León XIV invita a realizar un examen de conciencia sobre el lenguaje utilizado tanto en la comunicación interpersonal como en los medios digitales y las redes sociales. Se trata de preguntarse por los prejuicios que pueden impregnar las palabras, por la agresividad abierta o encubierta que las motiva y por los efectos que producen sobre los demás.

Decir la verdad, ofrecer un consejo prudente, consolar a quien sufre, denunciar una injusticia, dar voz a quienes no la tienen o hablar con respeto constituyen formas concretas de contribuir al bien y a la paz. En una época marcada por la comunicación digital y por algoritmos capaces de amplificar la polarización, la desinformación y la hostilidad, esta responsabilidad adquiere una importancia especial.

Esta exigencia no afecta únicamente a los individuos. También los medios de comunicación, las plataformas digitales, las empresas tecnológicas, las instituciones educativas y los responsables políticos poseen una responsabilidad particular en la configuración del espacio público. Sus decisiones pueden favorecer una comunicación verdadera y respetuosa o, por el contrario, premiar la provocación, el enfrentamiento y la difusión de contenidos manipuladores.

Construir la paz sobre el fundamento de la justicia

La segunda vía consiste en construir la paz sobre el fundamento de la justicia (MH, 215). León XIV rechaza una concepción meramente negativa de la paz como simple ausencia de conflicto o como mantenimiento del orden a cualquier precio. La tradición bíblica y patrística enseña que la paz auténtica sólo puede edificarse sobre relaciones justas.

Citando a san Agustín, el Papa recuerda que todos desean la paz, pero no todos están dispuestos a practicar la justicia que la hace posible. No puede haber verdadera paz cuando se toleran el robo, la explotación, la mentira, la violencia o el menosprecio de los derechos ajenos. La paz no es independiente de la conducta moral, sino que es fruto de relaciones personales, económicas, sociales y políticas ordenadas por la justicia.

La justicia exige reconocer la dignidad de cada persona, respetar sus derechos, cumplir los propios deberes, actuar con honestidad y rechazar toda forma de abuso o explotación. La paz, por tanto, no puede separarse de la responsabilidad moral, tanto personal como colectiva e institucional. «La justicia de cada uno» guarda una estrecha relación con «la paz para todos».

Asumir la mirada de las víctimas

La tercera exigencia consiste en asumir la mirada de las víctimas (MH, 216-217). Esto supone reconocer, en primer lugar, que existen situaciones en las que la neutralidad deja de ser moralmente aceptable. Ante los bombardeos contra la población civil, los ataques a hospitales y escuelas, el terrorismo, los abusos contra los niños y otras graves vulneraciones de la dignidad humana, no basta con mantenerse distante ni con limitarse a afirmar que no se es directamente cómplice.

Ante el sufrimiento causado por la guerra o por cualquier forma de violencia, el creyente está llamado a contemplar la realidad desde la perspectiva de quienes padecen sus consecuencias. Inspirándose en el magisterio del Papa Francisco, León XIV invita a «tocar la carne» de quienes sufren: mirar sus rostros, escuchar sus historias y reconocer sus heridas.

Dar espacio a la mirada y a la voz de las víctimas, especialmente en la información y en la educación, permite comprender el abismo de maldad contenido en la guerra, impide normalizar la violencia y devuelve a las personas afectadas la dignidad de ser reconocidas y escuchadas. La memoria de las víctimas no debe convertirse en instrumento de odio o de venganza, sino en un llamamiento permanente a la paz y a la reconciliación.

La Iglesia está llamada a ser un lugar de memoria viva, haciendo suyo tanto el clamor de quienes murieron en las guerras como el de quienes continúan llevando sus heridas. De este modo, el sufrimiento de las víctimas puede transformarse en una llamada a la concordia y no en el preludio de nuevos enfrentamientos.

Cultivar un sano realismo

La cuarta propuesta consiste en cultivar un sano realismo (MH, 218), alejado tanto del idealismo ingenuo como del cinismo político.

El idealismo manipula o selecciona los hechos para ajustarlos a una determinada concepción del mundo. En lugar de aceptar la realidad tal como es, la reconstruye de acuerdo con los propios deseos, intereses o convicciones. El cinismo, por su parte, confunde el reconocimiento de las relaciones de poder con la resignación ante ellas: puesto que la fuerza domina, concluye que debe continuar dominando.

Frente a ambas posiciones, León XIV propone un realismo auténtico, capaz de reconocer con lucidez los intereses, los miedos, las limitaciones y las relaciones de poder presentes en la vida política e internacional, pero sin renunciar por ello a la posibilidad de transformar la realidad.

Este realismo no reduce la política a la mera proclamación de principios morales, pero tampoco la abandona a la lógica de la fuerza. Busca identificar los pasos posibles para avanzar hacia la paz mediante instituciones creíbles, garantías verificables, negociaciones pacientes, prevención de conflictos y protección efectiva de la población civil.

El sano realismo posee también una dimensión institucional. Gobernantes, empresas, organizaciones internacionales y agentes sociales deben evaluar responsablemente no sólo la nobleza de sus objetivos, sino también la viabilidad de los medios empleados y las consecuencias previsibles de sus decisiones. La prudencia política no equivale a conformismo, sino que permite transformar gradualmente la realidad sin sucumbir ni a la ingenuidad ni a la resignación.

Relanzar el diálogo como forma ordinaria de convivencia

Frente a la polarización, la descalificación del adversario y el rechazo a escuchar sus razones, el Papa invita a relanzar el diálogo (MH, 219-223). Este no aparece únicamente como una técnica diplomática, sino como una actitud profundamente humana, basada en la escucha, el reconocimiento mutuo, la dedicación de tiempo y la búsqueda sincera del bien común.

León XIV recuerda las enseñanzas de Pío XII sobre la necesidad de dialogar y negociar antes que recurrir a la guerra. Un diálogo sincero y perseverante mantiene abierta la posibilidad de alcanzar una solución honorable, incluso en situaciones de fuerte enfrentamiento.

El diálogo es una dimensión ordinaria de la vida humana y no se limita a las relaciones entre los Estados. Se aprende y se practica en las familias, las comunidades, las instituciones educativas, las empresas y la vida social. El encuentro auténtico con el otro —con quien es diferente, extranjero o migrante— contribuye a superar los prejuicios y hace más difícil imaginarlo como enemigo.

En el ámbito político, el Papa propone sustituir la «cultura del poder» por una auténtica «cultura de la negociación», en la que el encuentro, la diplomacia y la búsqueda de convergencias se conviertan en los medios habituales para afrontar los conflictos. Inspirándose en Giorgio La Pira, sostiene que el método de la paz, de la negociación y del encuentro debe reemplazar al método de la guerra.

Esta concepción parte del reconocimiento de que los demás no son, ante todo, enemigos que deben ser vencidos, sino seres humanos con quienes se debe hablar. Por ello, León XIV rechaza las visiones maniqueas que dividen simplistamente el mundo entre buenos y malos y que facilitan la justificación de la violencia.

En este contexto, el documento concede un lugar particularmente relevante al diálogo entre las religiones. León XIV afirma que en el centro de los grandes caminos espirituales se encuentra un mensaje de paz y que toda utilización del nombre de Dios para justificar el terrorismo, la violencia o la guerra constituye una traición al verdadero rostro de Dios y a la propia religión.

Recordando el «espíritu de Asís», promovido por san Juan Pablo II y continuado por el Papa Francisco, presenta el diálogo interreligioso como una contribución imprescindible para la paz mundial y para la construcción de una auténtica fraternidad universal. Las religiones pueden desempeñar esta función cuando regresan a sus fuentes espirituales más auténticas y rechazan toda forma de odio sacralizado.

Diplomacia y multilateralismo

Finalmente, el texto amplía esta reflexión al ámbito internacional mediante una defensa del multilateralismo y de la diplomacia. El Papa considera que la diplomacia continúa siendo un instrumento insustituible para prevenir los conflictos, reconstruir la confianza entre las naciones y mantener abiertas las vías del diálogo, incluso con interlocutores considerados incómodos o difíciles.

La diplomacia exige paciencia, humildad y perseverancia. Su misión consiste en descubrir y fortalecer incluso los signos más débiles de buena voluntad que puedan existir entre las partes enfrentadas, evitando que la hostilidad se transforme en una espiral incontrolable de violencia.

Sin embargo, León XIV advierte que las nuevas tecnologías, especialmente la inteligencia artificial, han abierto un nuevo escenario de confrontación en el ciberespacio. Los ataques informáticos, la manipulación de datos y las campañas de influencia o desinformación pueden desestabilizar países enteros antes incluso de que se produzca un enfrentamiento militar abierto.

La dificultad para determinar la autoría de estos ataques aumenta el riesgo de respuestas desproporcionadas, errores de interpretación y procesos de escalada. Esta situación exige desarrollar una diplomacia capaz de actuar también en el entorno digital, estableciendo reglas compartidas sobre el uso de las tecnologías, protegiendo a la población civil y defendiendo a los más vulnerables frente a formas de violencia que, aunque puedan resultar invisibles, poseen consecuencias muy reales.

León XIV reafirma asimismo el papel insustituible de las organizaciones internacionales, particularmente de las Naciones Unidas, en la promoción del diálogo entre las naciones, la solución pacífica de los conflictos, el desarme, el desarrollo integral de los pueblos, la defensa de los derechos humanos y el cuidado de la creación.

No obstante, reconoce las limitaciones actuales del sistema multilateral y reclama una profunda renovación. No se trata sólo de introducir ajustes técnicos o administrativos, pues la debilidad de las instituciones internacionales refleja una crisis más profunda de convicciones y valores. Sin unos fundamentos éticos compartidos, el multilateralismo corre el riesgo de quedar sometido a los intereses de los actores más poderosos y de alejarse del verdadero bien común.

En este marco se sitúa también la misión propia de la diplomacia de la Santa Sede, inspirada por el principio evangélico de la misericordia. Esta diplomacia pretende servir a toda la humanidad, interpelar las conciencias, unir caridad y verdad, defender la dignidad de cada persona y hacerse voz de los pobres, los migrantes, los refugiados y las víctimas de las guerras. De este modo, la acción internacional de la Iglesia contribuye a la construcción de una civilización del amor en la que también las nuevas tecnologías sean orientadas hacia el bien común.

Conclusión

La llamada de Magnifica humanitas vincula estrechamente la responsabilidad personal con la responsabilidad institucional. Cada persona está llamada a contribuir a la civilización del amor mediante sus decisiones, sus palabras y sus relaciones cotidianas; pero quienes poseen mayores capacidades de decisión, conocimiento, poder económico o influencia social asumen también una responsabilidad proporcionalmente mayor.

Las cinco vías propuestas por León XIV —desarmar las palabras, construir la paz en la justicia, asumir la mirada de las víctimas, cultivar un sano realismo y relanzar el diálogo— muestran que la paz no es únicamente una aspiración, sino una tarea moral que debe impregnar la vida personal, las organizaciones y las instituciones políticas. En la era de la inteligencia artificial, esta responsabilidad incluye además orientar las tecnologías hacia la verdad, la justicia, la participación y el bien común. La civilización del amor se construye así mediante la convergencia entre las fidelidades cotidianas de cada persona y el compromiso responsable de quienes gobiernan, educan, investigan, informan, producen y dirigen instituciones.