Reflexión

El arte de dejarse querer

Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieres (Jn 21,18).

Mucho se ha hablado y escrito sobre el arte de amar. Sin ir más lejos, Erich Fromm tiene un libro con este título. Pero muy pocos, o tal vez nadie, han hablado del arte de dejarse amar, para el que se requiere práctica, paciencia y mucho celo. Hace falta estar avezado en la lucha, muy curtido por los avatares de la vida. Mucha madurez interior, en definitiva. Porque querer es relativamente fácil, pero dejarse querer puede llegar a ser una heroicidad. Es una de las tareas más difíciles de la existencia humana (y si no que se lo digan a los enfermos, ancianos y a los de cuidados paliativos) y más para el hombre del siglo XXI. Aparentemente fácil, en realidad dejarse querer requiere de mucha humildad y, aquí sí, de abnegación, renuncia y olvido de sí.

El hombre ha sido creado para amar, pero siempre nos olvidamos de la otra incógnita de la ecuación: la de sentirse y saberse amados. Vivimos en un mundo en que el individualismo feroz ha impedido que el hombre acepte ser amado y se deje querer. Es casi un síntoma de debilidad (no es así, hace falta mucha fortaleza). El superhombre nietzscheano es superindependiente y superautónomo, tanto que la dependencia se entiende como una enfermedad o por lo menos como una anomalía, y hay una ley que la regula. Pero la realidad es que todo hombre necesita sentirse y saberse amado. El amor es una necesidad y dejarse querer no es tarea fácil. De eso hablaré: de dejarse querer por Dios y por los demás.

Dejarse querer: otra forma de servir

Primero es el amor. Después, la acción. Saberse querido es recibir. Querer es dar. Nadie puede dar lo que no tiene, lo que no ha recibido antes. Amar y dejarse querer vienen a ser lo mismo. Quien ama, se deja querer. Tal vez, dejarse querer sea más perfecto que amar. No lo sé. Pero para amar hace falta mucha experiencia en el arte de dejarse querer. El amor auténtico se prueba precisamente en ese dejarse querer. No en lo que soy capaz de dar al otro, sino en lo que soy capaz de recibir, aunque sea a costa de sufrimiento y dolor. Para dejarse querer se necesita generosidad y humildad. Dejarse querer por los demás, dejarse ayudar, aconsejar, dejarse cuidar puede ser costoso, porque los demás pueden parecer pesados e inoportunos. Y muchas veces, el mejor espíritu de servicio que se puede prestar a los demás, paradójicamente, es el de dejarse servir y querer. Muchas veces, por no decir siempre, es más difícil recibir que dar. Cuesta esfuerzo agradecer lo que nos dan, ya sea un regalo o un servicio. Cuánta humildad se necesita para mendigar, para agradecer, para recibir amor, para aceptar la limosna del amor. Ese hombre del siglo XXI confiado en la voluntad de poder nietzscheana, con una fe ciega en sí mismo, en sus propias fuerzas, prescinde de los demás. Y cuántos problemas de salud mental, de depresiones, de soledad existencial desaparecerían si el hombre contara con el cariño de los demás y se dejara querer. En castellano hay varios vocablos para calificar a las personas que no se dejan querer: arisco, esquivo, huraño, hosco. Es un apunte que expresa cómo el lenguaje registra la conducta muy frecuente de no dejarse querer.

Dejar que los otros se luzcan, se sientan útiles, necesarios, incluso imprescindibles (el mundo se hundiría si no fuera por ellos), dejar que sean los demás los que lleven la corona del martirio, el aura de los héroes y vencedores (aunque estén extenuados), requiere de mucha humildad. A veces hay que dejar que sean otros los que se lleven los aplausos. Sentirse pequeñito, inútil ante la magnanimidad de quien nos está haciendo un favor, ayudando, cuidado, sirviendo, queriendo, en definitiva, hace mucho bien al alma. Dejarse querer por los demás significa, muchas veces, (no siempre, también hay un servicio oculto que no espera recompensa, pero de eso ya se ha hablado mucho) claudicar ante ellos y aceptar nuestra derrota: la derrota de que nosotros solos no podemos. Es asumir nuestra vulnerabilidad e indigencia. Y esto está muy lejos de entenderlo y asumirlo el hombre contemporáneo. Cuando saborea su poquedad, su mezquindad, se sume en la desesperanza y en la angustia y, sobre todo, en la soledad existencial. Está solo frente al Universo, frente a la vida, frente a los demás. Y está enfrente, no al lado (quien se deja querer está siempre al lado). La soledad es lo que se encuentra el hombre que no se deja querer. Es difícil salir de ese pozo por muchos antidepresivos que se tomen, porque la soberbia no es buena compañera de viaje. Recuerdo una novela de hace un par de añitos de Luis Landero titulada Una historia ridícula, que retrata a la perfección al hombre contemporáneo, al hombre soberbio (desde que se introdujo el monólogo interior en la narrativa, la soberbia ha quedado en evidencia). Hay que decir que el ateísmo es una de las causas (por supuesto, hay causas fisiológicas) de las enfermedades mentales contemporáneas. Porque dejarse querer significa muchas veces prescindir de los propios deseos, que no quiere decir que no se tengan, y aceptar que se hagan realidad los deseos de los demás para nosotros. Dejarse querer por los demás. Otra forma de servir. Otra forma de amar. Esto sí que es purificación.

Dejarse querer por Dios

El amor auténtico es desinteresado. Da sin esperar recibir nada a cambio. No busca recompensa, tanto en el amor humano como en el amor de Dios. Ama, aunque sea rechazado. Dios nos pide muy poco y nos pide tanto a la vez. Ya no pide nuestro amor, porque sabe que es tan pobre. Nos pide únicamente y nada menos que nos dejemos querer por Él. Que no seamos ariscos, ni huraños, ni hoscos. Que nos dejemos querer. Y esto, aunque parece bonito, tierno y fácil, es muy difícil, porque dejarse querer por Dios también requiere de mucha humildad. Dice Dios en el Apocalipsis 3: 20: “He aquí, que estoy a la puerta y llamo. Si alguien escucha mi voz y me abre, entraré y cenaré con él y él conmigo”. Para aceptar el amor de Dios hay que ser humilde, porque la soberbia lo rechaza. A veces pensamos que la soberbia es un amor desmesurado hacia uno mismo. Y la soberbia fundamentalmente es rechazar el amor de Dios y el de los demás. Esto está muy unido al odio. Se ha dicho que el que odia es incapaz de amar, pero sobre todo es incapaz de sentirse y saberse amado. El soberbio está lleno de odio a Dios y a los demás. Por eso, pienso que la soberbia es el pecado más grave de los siete pecados capitales, porque es el pecado de Luzbel, el pecado contra el Espíritu Santo, porque el Espíritu Santo es amor. Por eso no tiene perdón, porque no cabe el arrepentimiento. Es el pecado de la inteligencia que rechaza la verdad, que se rebela contra ella. La soberbia rechaza la bondad, la misericordia y el amor de Dios. El ateo del siglo XXI no es que niegue la existencia de Dios, que también, sino sobre todo y fundamentalmente, rechaza su amor (a esta conclusión he llegado yo después de haber leído mucha poesía del siglo XX y XXI). El ateo contemporáneo le dice a Dios “no necesito tu amor para nada” y, de este modo, está rechazando su bondad, su misericordia, su perdón. El ateo de estos lares no quiere ser amado por Dios, no quiere su perdón, no quiere la felicidad eterna, no quiere ir al Cielo.

Por eso, dejarse querer por Dios es tan difícil, porque significa aceptar su voluntad, lo que Él quiera para nosotros y abandonarnos en sus manos. Dejarse querer por Dios no es sólo estar en el Tabor, sino también estar en el Calvario. Porque el Tabor y el Calvario son las dos caras de una misma moneda: el amor de Dios. Dios ya ni siquiera nos pide que le queramos, nos pide que nos dejamos querer por Él. Nos dice: déjame cuidarte, déjame protegerte, déjame preocuparme por ti, déjame quererte. Pero muchas personas rechazan este amor. Por eso hay tanta gente que, como dice la sabiduría popular, está dejada de la mano de Dios.

A veces se ha pensado que crecer en humildad significa que el yo desaparezca, negarse a uno mismo hasta la supresión total del yo. Y a mí me parece que crecer en humildad es crecer en amor. En amor de Dios y en amor a los demás. Porque el amor a uno mismo es sanísimo. San Juan Bautista dice: “Es preciso que Él crezca y yo disminuya” (Jn 3,30).  Lo que tiene que disminuir es la soberbia, que no es el amor a uno mismo, sino el rechazo al amor de Dios y al de los demás. La humildad es eso: dejarse querer por Dios. El niño pequeño, el bebé, es humilde. Es consciente de su vulnerabilidad, de su fragilidad, de su indigencia. Y se deja querer por sus padres. Se deja cuidar, proteger. Se fía de ellos. ¿Quiere el niño pequeño a sus padres? Los quiere en la medida en que depende de su amor, en la medida en que los necesita. El amor de un niño da poco, por no decir que no da nada, y recibe mucho. ¿El niño pequeño desaparece absorbido por el amor de sus padres?  No. Sigue siendo él mismo. Diciendo “mío, mío, mío”. Haciendo las mil trastadas y metiendo los dedos en el enchufe. ¿Dejan de quererlo por eso sus padres? No. Le quieren más, si cabe, tras cada trastada. Ya, pero los padres corrigen a los niños. Sí, pero en cuanto se dan media vuelta, el niño vuelve a meter los dedos en el enchufe o prende fuego a la casa. ¿Qué hacen la madre o el padre cuando el niño escupe la comida y lo mancha todo? ¿Enfadarse? No. Porque el niño no lo entiende. El niño sólo entiende el lenguaje del cariño. Cuando le riñen o se enfadan, llora, porque cree que sus padres ya no le quieren. De algún modo, el niño está seguro del cariño de sus padres, haga lo que haga. Nosotros delante de Dios somos esos “locos bajitos”, que decía Dalí.

Dios quiere más a los más necesitados, porque Él ha venido a salvar a los pecadores, no a los justos (Lc 5,32). El adulto es perfecto o perfeccionista. El soberbio se cree perfecto. El niño pequeño es imperfecto y humilde. Por eso el amor de Dios se vuelca en los que se hacen como niños (Mt 18,3). Así es la relación del hombre con Dios.

Esto significa dejarse querer: ser dúctil, maleable, conformarnos a la imagen del amante, no oponer resistencia a los alfilerazos del amor, dejar que los demás nos quieran como saben o puedan. Respetar que los demás tienen su forma de querer y nos quieren según son ellos. A veces decimos: hay que querer a los demás con sus defectos y limitaciones. Y yo añado: también hay que dejarse querer por los demás con sus defectos y limitaciones. Esto último es heroico.