Comentario de documentos

Un corazón razonable. Comentario al documento “Cor ad cor loquitur”

San Francisco de Sales hablaba del amor de Dios refiriéndose como “amor cordial”; la vida espiritual -dice el santo- es un encuentro con Dios: de corazón a corazón. De aquí tomó Newman su lema episcopal: “Cor ad cor loquitur” y éste es también el título del documento de la Conferencia Episcopal Española sobre el lugar del sentimiento en el acto de fe. En este artículo contextualiza el documento y habla de sus aportaciones.

Un grupo de jóvenes entra ondeando una bandera en la Iglesia. Van de dos en dos. Sonrientes y cantando a gritos una canción. Llagan al presbiterio y continúan cantando. Se abrazan. Muchos se han conocido hace dos días, pero da la sensación de que son viejos amigos. Es la Misa final de un retiro. El periodista que está cubriendo el evento -quiere investigar sobre estos nuevos métodos de primer anuncio (así lo llaman)- entrevista a algunos de los jóvenes. “Es la mejor decisión que he tomado en mi vida”. Varios intervienen y manifiestan que son otros después del retiro. Ha sido “muy potente” -dice otro. “Me he convertido”.

Cualquiera que trabaje con jóvenes en ámbito de la evangelización sabe de lo que estamos hablando. Han surgido, en estos últimos años, muchas herramientas de primer anuncio y muchos movimientos que basan sus dinámicas evangelizadoras en el impacto emocional. Y estoy seguro de que nadie que evangelice a los jóvenes es ajeno a la cantidad de frutos que han producido estos nuevos métodos. Sin negar estos aspectos netamente positivos, la Conferencia Episcopal española ha querido puntualizar y ha publicado un documento “sobre el papel de las emociones en el acto de fe”: tal vez hay que poner un poco de razón en todo esto.

Emotivismo postmoderno

Uno de los libros clásicos de la moral contemporánea es After virtue de Alasdair Macintyre. El filósofo escocés dedica un capítulo -el tercero- a hablar del “emotivismo”. Le parece importante analizar este concepto porque lo considera un background sociológico que determina el razonamiento moral actual. “El emotivismo -dice Macintyre- es la doctrina según la cual los juicios de valor, y más específicamente los juicios morales, no son nada más que expresiones de preferencias, expresiones de actitudes o sentimientos, en la medida en que éstos posean un carácter moral o valorativo”[1]. En este universo, la moral no habla ya de categorías de bueno y malo en referencia a una verdad, a una naturaleza. La verdad, en el mundo emotivista, es el sentimiento. “Hemos pasado del pienso luego existo al siento existo”[2].

Para el hombre postmoderno, el sentimiento es la piedra de toque de la verdad. Si hay sentimiento, es auténtico y se concluye: es verdadero. Pero fundamentar la verdad de las cosas en el sentimiento, produce un perfil humano líquido -en expresión del conocido filósofo Bauman-. El hombre emotivista “se experimenta fragmentado” y viviendo “en la inmediatez y la inconstancia; absolutizando el instante (en tanto que perdura la emoción)”[3]. La persona cambia al ritmo del fluir emocional.

En este contexto humano, estas dinámicas o movimientos priorizan producir la emoción espiritual. Y esa emoción crea en el sujeto la sensación de fe. Cuanto mayor sea la emoción, mayor experiencia de fe se cree tener. En efecto, estos métodos producen esa sensación subjetiva. Pero si lo real es fundamentalmente la emoción, ¿dónde queda la verdad? ¿Dónde queda la fidelidad? ¿Dónde queda el compromiso a largo plazo en un mundo edificado sobre el sentimiento fluctuante?

Reacción a la frialdad racionalista

La tendencia emotivista actual, como tantos fenómenos sociológicos, es una respuesta de péndulo a los siglos anteriores de racionalismo. El “pienso luego existo” de Descartes y la exaltación de la razón en la ilustración desembocan en el idealismo, donde la idea es la que crea la realidad: la razón crea. La razón ha sido la reina durante tres siglos. En el campo espiritual, durante esos siglos se hizo especial hincapié en la explicación racional de la doctrina y en el despreció del sentimiento y la afectividad como parte inferior en el hombre. Von Hildebrandt lo pone de relieve: para la filosofía clásica, “el entendimiento y la voluntad pertenecen a la parte racional del hombre; el campo afectivo, y con él el corazón, corresponde en cambio a la parte irracional del mismo, es decir, al área de experiencia que ese hombre comparte supuestamente con los animales”[4].

Es conocido el alegato de Von Hildebrand, pasada la mitad del siglo XX, para revalorizar el papel de los afectos en la dinámica humana. Reaccionando a la hipertrofia de la razón en la visión antropológica, afirma “el corazón, de hecho, no ha tenido un lugar propio en la filosofía. Mientras que el entendimiento y la voluntad han sido objeto de análisis e investigación, el fenómeno del corazón ha sido repetidamente postergado. Y siempre que se le ha analizado nunca se le ha considerado al mismo nivel que el intelecto o la voluntad. (…) invariablemente se ha colocado a la inteligencia y a la voluntad en un lugar mucho más alto que el corazón”[5].

Durante siglos se ha minusvalorado el corazón y la afectividad. Se han despreciado los sentimientos. Sin embargo, “debemos –dice Von Hildebrand- aceptar el hecho que nos impone la misma realidad, a saber: que, en muchos campos, el corazón es más el propio yo que la voluntad”; y que la inteligencia -podríamos añadir-.

El final del siglo XX es un renacer del sentimiento. Un renacer que era necesario, pero en el ámbito espiritual, este recuperar los afectos, ha tenido una de sus manifestaciones en una religiosidad basada en las emociones. Recuperar el corazón es bueno: el corazón son los sentimientos, pero no sólo los sentimientos.

El documento de los obispos españoles sale al paso de la excesiva reacción a lo racional: la hipertrofia de los afectos. Poniendo de relieve el valor de los sentimientos en el acto de fe, aboga por la integración. Los afectos deben integrarse con la dimensión volitiva y cognitiva. Y ofrece una serie de criterios para el discernimiento. Para conocer cuando un movimiento o dinámica espiritual se apoya en demasía en los afectos, ofrece unos criterios sobre como debe ser vivida la fe integralmente: “con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente” (Mt 22,37).

Discernir el equilibrio

Según la comisión episcopal una fe anclada en las tres potencias humanas y no basada en una afectividad hipertrofiada, debería tener las siguientes características:

La fe auténtica es trinitaria. La fe presenta a “Jesucristo, al que conocemos por la acción del Espíritu, que nos revela el rostro del Padre”[6].

La fe es personal. Los cristianos no creemos en fórmulas. No se trata de conocer un catecismo ni de pertenecer a un grupo, sino de encontrarse con una persona: “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona”[7].

La fe tiene una estrecha relación con la verdad. El sentimiento religioso debe ir acompañado de una formación integral y continua. La fe tiene relación con la verdad. Newman recuerda que la razón científica no es la única forma de conocimiento. En este sentido, la fe no es meramente un sentimiento sino una forma de entender la verdad. El cardenal inglés se queja de que “la razón religiosa quede confinada a lo subjetivo y lo emocional, excluyéndose de la racionalidad y la sociabilidad. La forma de este fanatismo de la razón es el agnosticismo, que ni siquiera pierde tiempo en negar la religión, por cuanto ya está reducida a un hecho privado y sentimental, enteramente ineficaz en la realidad intelectual y social”[8]. No. La fe es conocimiento y tiene un desarrollo racional.

La fe es eclesial. Se recibe por la iglesia –nadie se ha hecho cristiano a sí mismo-; se vive en la Iglesia. Eso no significa que todos los miembros sean iguales en la ella, pero cualquier carisma es parte de la Iglesia y ningún carisma debería sentirse único o absoluto en el seno eclesial. Por eso, es también la jerarquía la encargada de juzgar sobre su autenticidad y regular su ejercicio.

La fe es caritativa; no lleva a vivirla aislado. La experiencia de fe real lleva a “tocar la carne de los últimos”[9] y actúa para ayudarles.

La experiencia de fe auténtica es litúrgica. Lleva a lo “comunitario, objetivo y sacramental” frente a “mero devocionalismo que potencia el subjetivismo sentimental”[10]. Esto se manifiesta especialmente en la adoración eucarística que se vive como prolongación de lo acontecido en la celebración de la Misa. Estas adoraciones huyen del efectismo y emotivismo, a la vez que son fieles a las normas litúrgicas.

Desde el punto de vista pastoral práctico, esto podría concretarse en tres puntos. Vivir la propia experiencia de Dios en obediencia y escucha a la autoridad de la Iglesia. En un particular empeño por integrar la inteligencia en el sentimiento religioso a través de una formación continua. Y en una catequesis sobre el fenómeno de la noche oscura, que inevitablemente habrá de llegar con su característica sequedad sentimental.

Las manifestaciones religiosas que no respondan a las perspectivas comentadas por el documento fácilmente caerán en el “hedonismo espiritual”. Y para encontrar el equilibrio, los obispos ofrecen recuperar el concepto hebreo de corazón. Hay que rezar con todo el corazón. El corazón es el lugar de la “humanidad plena, con el espesor de la emotividad, en armonía con todas las facultades”[11]. “Desde el corazón, en el que se integran las dimensiones afectiva y corporal, racional e intelectual, así como la volitiva y el compromiso, la experiencia de fe se convierte en un acontecimiento totalizante”[12].

El Corazón de mi Dios

“Nada extraño, pues, que todas las verdades hasta aquí expuestas encuentren en Cristo su fuente y su corona”[13] y por ello, en esto miramos también a Cristo. San Pablo miraba a Cristo e invitaba a tener sus “mismos sentimientos” (cf. Flp 2, 5). Cristo efectivamente tiene sentimientos que le mueven y “si nos empeñamos en concebir al hombre como un ser compuesto únicamente por razón y voluntad, innumerables pasajes de la Escritura y de la liturgia quedarán totalmente vacíos de significado”[14]. La contemplación del corazón de Cristo es un faro que nos guía a la integración de lo religioso con todas las potencias del alma.

Nuestra época, frente a racionalismos pasados, pide recuperar el corazón, pero no debemos excluir la razón y la voluntad. Recuperar el sentimiento, sin absolutizar la emoción. Sin fundar la vida en el sentimiento, la parte más voluble pero más vital del ser humano.

“Cor ad cor loquitur” diría Newman: que hable el corazón de mi Dios a mi corazón. Que me enseñe. Con Von Hildebrand rezaríamos: “Fac cor nostrum secundum cor tuum”[15], Jesús, hazme un corazón a la medida del tuyo. Este documento nos invita a alcanzar la armonía en la imitación del corazón de Cristo.

____

* Doctor en Teología y Licenciado en medicina. Capellán de la Universitat Internacional de Catalunya

[1] A. Macintyre, Tras la virtud, (1984), p. 26.

[2] Cf Conferencia Episcopal Española, Cor ad cor loquitur, (2026), n. 7.

[3] Ibidem.

[4] D. Von Hildebrand, El Corazón, 2001, p. 32.

[5] Ibid, p. 26.

[6]  Conferencia Episcopal Española, Cor ad cor loquitur, (2026), n. 23.

[7]  Benedicto XVI, Encíclica Deus caritas est (2005), n. 1.

[8] G. Morra, Newman y la idea de Universidad, revista «Humanitas» n. 41, versión online.

[9] León XIV, Exhortación apostólica Dilexi te (2025), n. 48.

[10] Conferencia Episcopal Española, Cor ad cor loquitur, (2026), n. 36.

[11] Voz “corazón”, en J. L Illanes (Coor.), Diccionario de San Josemaría Escriva de Balaguer, 2013.

[12] Conferencia Episcopal Española, Cor ad cor loquitur, (2026), n. 18.

[13] Concilio Vaticano II, Const. Past. Lumen Gentium, n. 22.

[14] D. Von Hildebrand, El Corazón, 2001, p. 55.

[15] Ibid, p. 24.